Lourdes 28 de Julio (2)

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Mi momento de máximo placer cuando viajo no es ver las tiendas del aeropuerto, que me gusta he de confesar y a menudo es inevitable cuando tengo que esperar un vuelo con retraso o cuando miento y digo que mi vuelo sale antes para escapar de una reunión y acabo sola en el aeropuerto sin nada mejor que hacer, pero ver las tiendas no me proporciona ningún placer. Mi momento especial es cuando el avión despega.

Entramos en pista despacio, increíblemente despacio si piensas en la velocidad que pueden alcanzar los aviones. Y cuando menos te lo esperas !!Zas! comienza a acelerar y acelerar, tanto que la espalda se te queda pegada al respaldo del asiento y de repente , se eleva por arte de magia, si, por arte de magia porque por mucha física que haya estudiado no puedo entender como esos aviones tan grandes, con tanta gente dentro con sus maletas incluidas , pueden elevarse con esa fuerza… y justo en ese momento, en ese preciso y precioso instante en que dejamos de estar en contacto con el suelo, yo me pongo a llorar. Siempre, sin ningún tipo de pudor, lloro en los aviones.

Al final mi secretaria ha terminado mi presentación y la ha dejado monísima, con flechitas y simbolitos que yo nunca encuentro. Ese tipo de cosas que veo en otras presentaciones y que desde mi punto de vista son totalmente innecesarias y desvían la atención, pero todo el mundo las pone para presumir de sus conocimientos de PowerPoint, todos menos yo, claro, pero esta vez sí, voy con simbolitos y flechitas, gracias a mi “asistente personal” y gracias a la llamada de Elena a las 9:05, sin tiempo apenas para tomarme el segundo café de la mañana.

Estaba llorando, no ha sabido explicarme que le está pasando, solo que esta triste que necesita verme y hablar conmigo, que siente como su vida se desmorona sin remedio y que ya no sabe qué hacer, que necesita escapar de no sabe qué. ¿De qué puede querer escapar Elena?, me pregunto. Tiene un marido perfecto, que la adora y al que ella adora desde los quince años y del que no se ha separado desde entonces, unas hijas ya adolescentes que la permiten disfrutar de mucho tiempo libre, un trabajo a media jornada sin responsabilidades, tranquilo y que no necesita pero la entretiene. Elena y sus clases de yoga-Pilates o lo que sea que haga, sus cursos de cocina, de fotografía, de Zumba… son muchos cursos, quizá esté un poco perdida.

Tengo el portátil abierto en la mini mesa de mi asiento pero no veo la pantalla aun habiéndome secado las lágrimas del despegue. No veo la pantalla porque solo puedo ver a Elena llorando en su casa pensando que ha desperdiciado su vida y me veo a mi misma como una perfecta hija de puta que no he sabido ni calmarla ni ayudarla ni siquiera animarla.

No, no soy una persona a la que la genta recurra para contarle sus problemas, esa es Elena, yo ni quiero oír problemas ni se ayudar. ¿Por qué me habrá llamado a mí? Si hubiese sido otra sin duda la habría dicho que llamase a Elena, bueno no hubiese hecho falta, directamente se recurre a Elena como tabla de salvación, siempre escucha, siempre tiene algún buen consejo y esa sonrisa suya con hoyuelos incluidos pese al paso de los años.

-Señora, ¿café, infusión, alguna bebida fría?- me sonríe la azafata.

Si acepto algo de beber, tengo que cerrar el portátil, no cabe todo en la mini mesa. Pienso un segundo, no estoy haciendo nada con el ordenador abierto y con una agilidad sorprendente hasta para mí misma, cierro el ordenador lo meto en su fundita y lo guardo al lado de mis pies.

-Un café por favor- digo sonriendo aun más que la azafata. He decidido pensar, no trabajar.

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