Elena 28 de Julio (3)

DSC03551-BW

 

Me he despertado desorientada, no sé muy bien qué hora es, hay luz en la calle y absoluto silencio en casa. Me incorporo y noto un agudo dolor de cabeza, acostumbro los ojos a la claridad de la vigilia y busco el móvil en la mesilla. Compruebo la hora y el día. Son sólo las dos y media de esta mierda de lunes. Tenía la esperanza de haber dormido lo suficiente como para que ya fuese jueves pero no, sigo anclada en este dichoso lunes.

Los lunes las gemelas llegan a casa sobre las seis de sus clases de tenis. Respiro aliviada al recordarlo, no podría soportar un concierto de gritos y exigencias ahora mismo y además me deja tiempo de recomponerme, organizar la casa y comprar algo para la cena.

Salgo de la cama, abro las ventanas y un calor sofocante invade  la habitación. Entro en el baño y tropiezo con las zapatillas de Marcos. Eso desencadena una tormenta en mi interior con un punto de macabra satisfacción ya tengo un motivo para discutir con él, uno pequeño y absurdo pero un motivo al fin y al cabo. De hecho acabo de decidir que no voy a esperar a que vuelva a casa no vaya a ser que el enfado amaine…Vuelvo a la habitación cojo el móvil y marco el número de su oficina.

 

Es la segunda llamada que realizo hoy pidiendo auxilio, y sólo yo lo sé. Y es la segunda vez hoy que tengo que hablar con la secretaría de otro.

La secretaria de Marcos lleva con él  toda la vida, la heredó de su padre junto con el estudio de arquitectura. Se llama Amalia y el hecho de que esté a punto de jubilarse me causa cierta intranquilidad. Marcos ha comentado que van a contratar a una nueva asistente, parece ser que  ahora ya no se llaman secretarias. Su idea es buscar a una chica recién salida de la facultad, con conocimientos y unas no muy elevadas pretensiones económicas. Lo sé porque oí como se lo contaba a su padre el pasado domingo. A mí Marcos nunca me habla del trabajo, creo que en el fondo se siente culpable, él ha conseguido llegar donde quería mientras que yo tuve que abandonar mis sueños cuando llegaron las niñas. El caso, es que no sé si me gusta la idea de  que una joven asistente recién  pulule alrededor de mi marido.

Imaginarme a Marcos y la susodicha trabajando juntos hace que mi cabreo por el tropiezo con las zapatillas sea  aún mayor, así que cuando Amalia contesta al teléfono inevitablemente me muestro de los más desagradable.

Normalmente Amalia me pregunta por las niñas, me recuerda  lo graciosas que eran de pequeñas, me pregunta cuantos años tienen ya y después de un profundo suspiro me habla de lo preocupada que está por Marcos que cada día parece más cansado,  de lo mucho que fuma o la cantidad de tiempo que pasa en el estudio. Y siempre, siempre me llama Elenita.

Pero hoy no la he dejado hablar, cuando la he oído al otro lado del teléfono un cortante – Quiero hablar con Marcos.- ha salido de mi garganta con una voz que apenas he reconocido.

-Un momento por favor.- contesta Amalia intentando ser todo lo profesional que puede mientras  anoto en mi lista mental de disculpas una muy grande para ella. Esta semana cuando me encuentre mejor iré a verla y le llevaré esas pastas de té que tanto le gustan y nos tomaremos un café juntas mientras me cuenta como cada vez, cuánto ha cambiado Marcos desde que ella le conoce, y yo pondré cara de interés cuando yo mejor que nadie se lo que ha cambiado Marcos.

 

Recuerdo perfectamente el momento  en el que nos conocimos, recuerdo el jersey que llevaba él y recuerdo que en ese momento me arrepentí de haber elegido los pantalones de pana marrón aquella fría mañana. Sin embargo no recuerdo en qué momento exacto me enamoré de él y  lo que durante años entendí como algo romántico al pensar que eran cientos de pequeños detalles los que me habían hecho sentir aquello ahora entendía como una grave equivocación.

Yo nunca me enamoré de Marcos y justo cuando veo esa afirmación cruzar por delante de mis ojos como un brillante neón Marcos contesta al teléfono y me pregunta qué pasa.

Ya sólo le llamo si pasa algo. Pero esto no puedo contárselo. Él no tiene la culpa, soy yo la que me he equivocado y llevo fingiendo los últimos 14 años.

Le digo que no ocurre nada y ya no puedo hablar más porque vuelvo a llorar desconsoladamente.

Con un “nos vemos esta noche” ahogado entre lágrimas cuelgo el teléfono sabiendo que le he dejado preocupado y que cuando regrese a casa querrá hablar de ello.

 

Tengo los ojos enrojecidos y las mejillas ardiendo, y el calor que llega de la calle me está ahogando.

Me miro en el enorme  espejo de la habitación. Me empeñé en comprarlo después de verlo en una revista. Lo busqué durante semanas aun sabiendo que el precio sería excesivo, que no me hacía falta y que no pegaba para nada con el resto de muebles del dormitorio. Pero por alguna razón la compra  de aquel espejo se convirtió en mi batalla personal, busqué en internet, busqué en tiendas de decoración, hablé con la revista para pedir información y habría estado dispuesta a viajar al mismo infierno con tal de conseguirlo, y cuando lo hice, cuando estuvo colgado en la pared de la habitación, tal y como me había ocurrido en otras muchas ocasiones perdí todo el interés por él.

Ahora ese espejo delator de mi conducta  obsesiva me devuelve una imagen que empieza a horrorizarme pero que no me siento capaz de cambiar. Ni siquiera soy capaz de quitarme la ropa ante él. Me giro dándole la espalda a mi reflejo y a mí misma. Me desnudo y vuelvo al baño dispuesta a ducharme para poder empezar a cumplir con mis obligaciones y hacer la compra. Yo puedo hundirme, pero es lunes  y en casa los lunes pese a las protestas continuas de las niñas se cena pescado y no voy a cambiar esa sagrada norma por muy desgraciada que me sintiese.

 

Cuando vuelvo a la habitación mi móvil parpadea, ojala sea alguna de las chicas. Necesito distraerme. Pero no,  es Marcos, un mensaje  avisándome de que hoy llegará tarde. Siento una punzada en el pecho, sé que no tiene nada importante sé que evita venir a casa porque no quiere enfrentarse a su realidad pero yo lo prefiero no tenía ganas de tener esa conversación con él.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Preteritas Imperfectas, Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s