Lourdes 28 de Julio (3)

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No sé si debería llamar a Elena o mandarla un mail, un whastapp o algo. Pienso mientras saco mi precioso camisón lencero de la maleta.

Tendría que usar otro tipo de atuendo para dormir, me lo digo a mi misma constantemente pero me encanta dormir sintiéndome muy sexy. En realidad me encanta sentirme sexy siempre, pero ¿que pasaría si se produce un incendio, evacuan el hotel y tengo que salir así a la calle, semidesnuda, con mis transparencias y medio culo fuera?.

En casa me pasa tres cuarto de lo mismo, no sé si porque Alonso se ha acostumbrado a verme así o porque no le pongo nada, pero no le causa ninguna impresión ni sensación verme con ese tipo de prendas que a mí me encantan y me hacen sentir muy mujer. Supongo que de alguna manera trato de compensar mi actividad laboral puramente masculina con mi aspecto físico y mi actitud mucho más femenina.

Me estoy distrayendo.

“¿Escribo a Elena? ¿Me disculpo? “ pienso, mientras me quito de la cara los restos de maquillaje y lo que queda de Sra.Ferrer. No son horas de llamar, pero podría escribirle y decirle que lo siento y que me cuente que le está pasando. Podría escribir a las chicas y contárselo pero si Elena ha recurrido a mí a lo mejor no se lo ha contado a las demás y no quiere que lo sepan.

Hay algo de lo que me arrepiento ahora. En medio de un coffee-break he llamado a casa para decir que había llegado y saludar a mis niños y se lo he contado a Alonso, no debería haberlo hecho, pero tenía que contárselo a alguien, le he que quitado un poco de hierro al asunto pero aun así Alonso me ha recriminado no haberla podido ayudar, no haber sido “mas sensible”.

– Deberías haber quedado con ella, tenias tiempo hasta que has ido al aeropuerto- me ha dicho

– Pues no, no tenia tiempo, no te imaginas…. -no me deja acabar la frase

– Ella siempre os ayuda a todas, llámala!!-

– No. No puedo llamarla ahora-respondo.

– ¿Por qué no puedes?, me estas llamando a mí

– Estoy llamando a mis hijos- aclaro y se que ese es un golpe bajo

– Tendrías que haber sido más sensible con ella, como siempre te falta ese puntido de sensibilidad que solo tienes con los niños, ni siquiera conmigo- me reprocha sin ningún tipo de pudor.

La conversación está rozando el límite de ponerme triste y de muy mal humor, esto no me gusta.

– Oye, te tengo que dejar, estaba en un descanso y tengo que volver- miento

– Ya…- sabe que es mentira

– Os quiero mucho- digo como si esa frase fuese a borrar el resto de la conversación

– Ya… nosotros también.

Fin de la conversación e incremento de mi sensación de malestar.

Pon fin sola en la enmoquetada habitación de mi hotel londinense, enciendo el ordenador e intento fumarme un cigarro en la ventana, pero es una habitación de no fumadores y la ventana no se abre solo una rendija para ventilar la habitación, que no me da para fumar y no me apetece bajar a la calle y quitarme mi súper-sexy camisón.

Ya dentro de la cama y sin poder fumar tranquilamente, por miedo a que el humo salte las alarmas anti-incendios y evacuen el hotel, me dispongo a enviarla un e-mail diciendo algo a Elena, aun no sé el que.

Tengo la bandeja de entrada llena de correos sin responder y no puedo evitar leer alguno de ellos y responder, cuando me quiero dar cuenta son las 3:00 de la mañana y tengo que volver a la oficina a las 7:30. Decido dormir sin enviar un mail a Elena, con lo que el sentimiento de culpa me atormenta toda la noche, me despierto constantemente y no consigo descansar.

No sabría decir si he dormido o no, pero he soñado.

Frente al espejo, con la cara lavada y más demacrada de lo habitual por la falta de sueño, repaso las imágenes que se han amontonado en mi cerebro durante la vigilia de esta noche y no sé decir si son reales o son un producto de mi imaginación. He soñado con una Elena feliz y estilizada, embutida en un traje de Superwoman y dotada de superpoderes. Surcaba los cielos con su capa roja, despreocupada y segura de si misma. Y me he soñado a mi misma pequeñita, indefensa y atemorizada, viéndola sobrevolar la ciudad intentando alcanzarla, sin éxito.

Mas tarde, en el mismo sueño, Superwoman se secaba las lágrimas con la capa que ya no era capaz de elevarla a los cielos, mientras yo, que seguía siendo pequeñita le acariciaba el pelo con mi minúscula mano.

Lo sé, es un sueño ridículo e infantil, pero tan real.

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