Elena, martes 29 de julio

MIRACLES ROOM

Oigo el despertador entre sueños, me levanto aun con los ojos cerrados lo que hace que choque con la puerta de baño. Pero hoy no voy a enfadarme, hoy voy a ser feliz.

Anoche en la cama recordé un libro que me había prestado Vicky hace tiempo y que nunca le devolví. Cuestión de elegancia se llama. La protagonista atraviesa una crisis personal y empieza a cambiar cambiando su ropa. Así que decidí que hoy voy a hacer un tremendo esfuerzo y voy a arreglarme para ir a la oficina tacones incluidos aunque sé que de esta decisión seguro que me arrepiento.

He elegido la ropa, un vestido de tejido suave y estampado de flores que se pega a mis muslos al caminar, una rebeca de un vistoso color amarillo y unas sandalias de tacón. Me he maquillado y mientras lo hacía me he dado cuenta de que mi piel no es la de una mujer mayor, mi piel es joven, sólo tengo 36 años y aunque me siento mayor no lo soy.

Invertir tiempo en mí por la mañana ha hecho que no tenga tiempo para preparar el desayuno a las niñas ni para supervisar la ropa que llevaran a sus clases de recuperación pero me da igual.

Marcos también se ha despertado ya y desayuna en calzoncillos y camiseta antes de entrar en la ducha. Le miró desde el quicio de la puerta de la cocina, el pelo revuelto y los ojos fijos en la ventana. Está tan lejos ahora, me gustaría poder viajar con la mirada a ese fascinante lugar en el que parece estar su mente y darle la mano y sentir esas mariposas de las que todo el mundo habla.

Él ni siquiera me ve. Cuento cinco mentalmente y me digo que antes de que termine de contar Marcos se dará la vuelta y clavara su vista en mí. Me sonreirá y me dirá lo guapa que estoy sin necesidad de palabras. Pero no ocurre así. Cuento cinco y otros cinco y decido salir de casa pensando que Marcos no quiere verme. Si Pudiese ver lo que está ocurriendo ahora a través de la ventana vería como una lágrima brota de su ojo derecho y como la seca rápidamente cuando oye que las gemelas se aproximan.

Bajo a la calle y paro un taxi, no quiero llevar el coche a la oficina hoy, cuando terminen mis cuatro ridículas horas de trabajo iré de compras por el centro. Quiero ropa nueva, quiero lencería que lo que tengo ahora son bragas y sujetadores y no, yo quiero lencería, seda y encajes. Quiero una colonia nueva, un bolso nuevo y tal vez hasta vaya a una de esas modernas peluquerías  y consiga un nuevo peinado, una nueva yo, una nueva vida.

Estoy perdida en mis pensamientos y el taxi ya ha llegado a la dirección que le he dado. No quiero bajarme de él en la puerta de mi oficina y que alguien pueda verme, me da vergüenza, así que le he dado al taxista una dirección a dos manzanas de mi destino real. Ya no se puede ser más ridícula.

La mañana en la oficina se hace eterna, son sólo cuatro horas pero parecen cuatrocientas. No suelo hablar mucho con mis compañeros, lo justo y necesario. Trabajo en la recepción, me encargo de coger llamadas, distribuir el correo y organizar las salas para las reuniones. Soy esa chica de la sonrisa forzada y los auriculares que hay en casi todos los edificios de esta manzana.

No paro de mirar el reloj una y otra vez. Contesto la centralita de forma automática. Y por fin la hora de salir. Doy el relevo a la chica de la tarde. A ella no la juzgan por trabajar media jornada. Es estudiante.

Salgo a la calle con una sonrisa dispuesta a gastar y cambiar.

Camino decidida, con paso firme. A esta hora ya está claro que las sandalias de tacón han sido una pésima idea. La primera compra son unos cómodos zapatos, unas bailarinas de suave piel. El dependiente no creo que llegue a los 20 años, lleva el pelo con uno de esos raros cortes que parece una obra arquitectónica, y más metal en la cara que “Terminator”, aros de todos los tamaños y colores. Me pregunto si se los quitará para dormir. Es imposible que pueda dormir boca abajo. Espero que las niñas no decidan perforarse.

La siguiente parada es la tienda de lencería. Cuando llego a la puerta lleno mis pulmones de aire antes de empujarla. Hace siglos que no entro en una tienda de estas. Aunque me avergüence confesarlo llevo años comprando las bragas y sujetadores en Carrefour. Packs de 6 algodón y lycra en negro, blanco y topo. Así es mi ropa interior. Triste y aburrida, igual que mi vida exterior.

Ojeo algunos conjuntos, miro los precios, bastantes más altos que mis packs de 6 pero creo que debo hacerlo. Elijo tres sujetadores, todos con encaje uno blanco otro negro y un tercero con un bonito estampado de rosas rojas. Entro en el probador rápidamente, antes de que la dependienta pueda ofrecerse a ayudarme. Es posible que no haya acertado con las tallas pero no me encuentro con fuerzas para interactuar con nadie. Gracias a dios el probador tiene puerta con cerrojo. No soporto esos probadores de cortina en los que las miradas indiscretas juzgan las imperfecciones de cuerpos como el mío.

Empiezo a desnudarme, y empiezo a temblar, los ojos se me humedecen y soy consciente de que no voy a ser capaz, ahora sí que me alegro de que el probador tenga puerta y cerrojo. Me siento en el suelo, y me derrumbo.

No sé cuánto tiempo llevo llorando cuando el móvil empieza a vibrar dentro de mi bolso y hace que éste se desplace en la minúscula banqueta cuya utilidad no alcanzo a comprender,¿ a quién coño le cabe el culo en esa mini banqueta?. Miro la pantalla y gracias al cielo es Lu.

Me cuesta contestar, tengo las manos mojadas por las lágrimas y no logro manejar la pantalla táctil. Rezo para que Lu no cuelgue, si lo hace es probable que ya no pueda localizarla. Por fin consigo desplazar los dedos por la pantalla y oigo su voz firme y melodiosa.

-Lourdes no puedo moverme-. Es todo lo que acierto a decir.

-¿Pero dónde estás?, Elena ¿ estás en casa?¿ Dónde estás Elena?.

No recuerdo el nombre de la tienda, no recuerdo la calle ni recuerdo como he llegado aquí. Veo los tres sujetadores que cogí para probarme tirados en el suelo y veo la etiqueta con el nombre de la tienda.

-“Un péché charnel”, estoy en un “péché charnel”-. Y me pregunto que querrán decir esas tres palabras

-No te muevas de ahí Elena-. Lu cuelga el teléfono y yo vuelvo a llorar ahora sin importarme si alguien desde fuera del probador me oye, ya no me contengo, ya no necesito hacerlo Lourdes va a ayudarme.

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