Elena Jueves 31 de Julio

IMGP1429

 

Después del episodio del probador le prometí a Lourdes que intentaría disfrutar de las vacaciones, que sacaría tiempo en la playa para pensar que quiero que ocurra en mi vida y que dejaría de usar esos horribles sujetadores.

Así que aquí estoy sentada en mi cama intentando conseguir la fuerza suficiente para sacar las maletas y empezar a llenarlas.

Siempre he odiado hacer las maletas y creo que es porque nunca he podido dedicar tiempo a pensar que llevarme, a preparar los conjuntos que me pondré cada noche o a añadir los complementos adecuados. Tener que preparar las maletas de las niñas y la de Marcos ha impedido que sea así y que al final me limite a volcar en la mía el contenido de un par de cajones y punto.

Esta vez voy a hacerlo bien. Las niñas han crecido y aunque sé que voy a arrepentirme de esto dejaré que sean ellas las que decidan con que ropa ir semi-desnudas este verano.

Necesito una maleta grande y un porta-trajes para colocar algunos de mis vestidos. Creo recordar que hay uno en el trastero. Cojo las llaves y bajo los escalones con una agilidad que hasta a mí me asombra.

A pesar del desorden que reina en la pequeña habitación compruebo que no me había equivocado y que allí está el porta-trajes que necesito. Salto por encima de un par de cajas para poder alcanzarlo y entonces lo veo allí arrugado y sucio. Mi vestido de novia.

No puedo evitar agarrarlo, me siento en una caja abrazada a toda aquella preciosa tela color blanco roto y lejos de recordar el día de mi boda como era de esperar, empiezan a llegar a mi mente los recuerdos de la mañana en la que me probé aquel vestido ante mi madre y mi suegra.

Aquella mañana yo llegaba tarde a mi cita y aun así caminé todo lo despacio que el decoro me permitió. Me sentí atropellada por todos los no-paseantes que iban con prisa a ninguna parte, me sentía muy rara caminando despacio a mi cita, esa cita que ya no podía posponer durante más tiempo y para la que ya no tenía más excusas.

Había elegido mi vestido de novia yo sola, sin amigas que me acompañasen, sin mi madre que diese el visto bueno, sin nadie que contaminase la elección de lo único que podía elegir para el día de mi boda. Era sencillo y elegante sin apenas adornos, pero sin dejar de ser un vestido de novia de las de siempre.

Con mi elección esperaba no defraudar a nadie, pero sobretodo trataba de ocultar aquella barriga incriminatoria.

Cuando por fin llegué, tarde, pero llegué, me esperaban mi madre y mi suegra en la puerta de la tienda. Distinguidas, altivas, manteniendo las formas y una aparentemente cordial conversación de consuegras, aunque estaba claro que no se soportaban desde el primer momento. Pero aquel día, en algo estaban de acuerdo: llegaba tarde y a la modista no se la puede hacer esperar.

Desde el primer instante y tras los corteses besos, abrazos y reproches por no ser puntual, supe que aquello no iba a salir bien, podía verlo en sus caras, podía sentir la desconfianza y el recelo es sus ojos, no haber contado con ellas en la elección de mi vestido me condenaba a sus críticas, su mala relación me haría participe de una discusión para la que me había preparado a conciencia pero que no me apetecía escuchar.

No había vuelta atrás, el vestido ya estaba elegido y solo quedaban quince días para mi boda, no había tiempo para cambios, tendrían que conformarse con mi elección, les gustase o no.

-¿Estas nerviosa?- dijo mi madre mientras entrelazaba su brazo con el mío cariñosamente.

-Es normal que estés nerviosa, todas las novias lo están, pero no te preocupes todo va a salir bien- dijo mi suegra mientras entrelazaba su brazo con mi otro brazo, de modo que quedé esposada e inmovilizada y sin posibilidad de responder.

-Estoy deseando ver el vestido, cariño, seguro que has hecho una buena elección- cambio de tercio mi madre. Pero yo sabía que de ninguna manera estaba segura de que yo hubiese hecho una buena elección. Sabía que mi vestido frustraría su anhelo de verme elegante, distinguida y estilosa.

-Seguro que estas guapísima, como una princesa- continúo mi suegra, sin dejar terminar a mi madre.

La tienda tenía cuatro plantas, la primera de exposición, con los mejores trajes de novia de la colección, la segunda para madrinas y acompañamiento, la tercera para los novios y en la cuarta era donde se hacían las pruebas y ajustes de los vestidos.

Para llegar a la cuarta planta con dos señoras que competían hasta por el alto de sus tacones había que coger un ascensor y aquel pretendía mantener el aspecto tradicional y vintage de la tienda, pero yo solo veía un ascensor viejo y trasnochado, por el que no parecía haber pasado el servicio de mantenimiento en años.

Me empezaba a faltar la respiración y podía sentir sus dedos como garras de águila clavados en mis brazos, cada una tirando para un lado, las dos intentando captar mi atención a toda costa.

El ascensor no terminaba de llegar y yo ya había dejado de escuchar, no estaba allí.

Una mujer con dificultad para caminar pese a que no parecía muy mayor, se unió a nosotras para esperar el ascensor.

-Buenas tardes-dijo

-Hola buenas tardes-conseguí decir yo. Eran las primeras palabras que salían de mi boca y eran para una desconocida, que me miraba con una sonrisa traviesa y consiguió que los musculo de mi cara reaccionaran e hicieran el amago de una sonrisa educada.

Por fin llegó el maldito ascensor, era bastante grande para cuatro mujeres, con un inmenso espejo en el fondo que aumentaba la sensación de amplitud y del cual hicimos buena cuenta todas, repasando nuestro propio atuendo, peinado, maquillaje y con mucho disimulo algunas repasaron también el aspecto de las otras.

Los fluorescentes parpadearon una milésima de segundo justo cuando mi madre apretó el botón que indicaba la cuarta planta. Ni se movió. Mi suegra alardeando de unas manos más habituadas a los artilugios electrónicos apretó insistentemente siete y hasta nueve veces el botón de la cuarta planta. El ascensor se cerró, subió unos metros, o eso parecía desde dentro, y los fluorescentes volvieron a parpadear y se apagaron pero esta vez no fueron unas milésimas de segundo, sino minutos enteros, con todos sus sesenta segundos incluidos, que parecieron días.

Estábamos a oscuras y definitivamente encerradas, atascadas e inmóviles en aquel cubículo que ahora parecía diminuto sin la ilusión óptica que concedía el espejo.

Mi madre y mi suegra comenzaron a gritar desesperadas, intente mantener la calma e ir a lo práctico, soy mucho más joven y más habituada a las nuevas tecnologías, de modo que esta vez fui yo la que hizo alarde de mis conocimientos tecnológicos y aporree todos los botones insistentemente siete, nueve y hasta veinte veces sin resultado.

Estaba sudando y me faltaba la respiración, aquello no podía estar sucediendo: encerrada con una suegra que me odiaba, que creía que había tratado de cazar a su hijo quedándome embarazada, la ladrona del amor de su único vástago, ñoña y mosquita muerta. Por otro lado mi madre, la encargada de minar mi autoestima desde que era una niña, que no dejaba de preguntarme desde que les contamos lo del embarazo cómo había sido tan tonta de echar a perder mi futuro de ese modo y por ultimo una perfecta desconocida bastón en mano, que como siguiésemos gritando, podría liarse a bastonazos con el resto.

La esperanza llego en modo luminoso, las luces parpadearon de nuevo y alguien grito desde el exterior:

-No se preocupen, ha sido un apagón de luz y ya está restablecido el sistema, los bomberos están en camino, están atascadas entre dos pisos y no podemos sacarlas. ¿Se encuentran todas bien?- dijo la voz

No nos dio tiempo a contestar a su pregunta cuando mi suegra explotó.

-Ya sabía yo que este sitio no era adecuado, eso me pasa por fiarme de vosotras, traerme a este sitio. ¿Ves lo que ha pasado?- Me grito totalmente despeinada y fuera de sí.

-Ha sido solo un apagón, saldremos pronto- traté de tranquilizarla intentando mantener la calma.

-Solo un apagón, ¿qué sabrás tú? Tan lista que eres- su tono subía por momentos.

-No hables así a mi hija- ahora era mi madre la que estaba fuera de sí- ella es la que renuncia a su futuro, ella tenía muy claro lo que quería y ahora….

-Sí. Sí que sabía lo que quería ya quedó claro con su despiste.

-¿Y tu hijo? ¿Acaso el no participó también de aquello?

-No me hagas hablar. No me hagas hablar.

No sabía dónde meterme. No podía huir. Casi no podía moverme. No había escapatoria, tenía que escuchar todos aquellos reproches estoicamente, manteniendo la calma, porque yo estaba segura de lo que hacía ¿o no? Mi amor por Marcos estaba por encima de nuestras familias ¿o no?, además estaba claro que nosotros queríamos casarnos algún día. Y qué, si ese algún día se había convertido en el 17 de septiembre de aquel mismo año.

No soportaba más los gritos de mi madre y mi suegra, enzarzadas en una discusión en la que yo ya no formaba parte y que curiosamente ya no iba conmigo. .

Sentí un golpe seco en la pierna, justo a la altura de la espinilla que me hizo volver a la realidad. Aquella señora desconocida que soportaba resignada la bronca entre mi madre y mi suegra, me había dado un bastonazo en la pierna. Así sin más. Sin venir a cuento. ¿Estaría perdiendo la razón encerrada allí, escuchando gritos de unas desconocidas? ¿Le estaría faltando el oxígeno?

Me quede mirando a aquella mujer, preguntando con la mirada, el porqué de aquella agresión. Se debía a un descuido o era pura maldad.

La mujer me miró con la sonrisa pícara que ya conocía y me dijo:

-¿No piensas hacer nada?

-No puedo hacer nada. Siempre están así- conteste resignada y a continuación pregunte- ¿Me ha dado con el bastón? ¿Por qué?

– No me refiero a eso, me refiero a haber abandonado tus sueños, tu vida de casada. ¿Vas a estar toda la vida complaciendo a los demás? Eres muy joven, ¿estas segura?

¿Me estaba leyendo el pensamiento?. Miré al inmenso espejo que nos rodeaba en busca de alguna señal en mi cara que delatase mis emociones.

-Tú no estás segura. Si estuvieses segura no permitirías que estas dos mujeres discutiesen de esta forma.

-Sí, bueno… -no quería mentir- no lo sé- confesé- Pero…¿Por qué cree que no estoy segura?.

-Tú no quieres esa vida

Aquella conversación, pese a la estrechez del ascensor, era solo nuestra. Nadie nos escuchaba, estaban tan concentradas en su disputa que si en aquel momento se hubiese puesto en marcha el ascensor no se hubiesen dado cuenta.

-¿Por qué haces esto si no es lo que quieres?. Preguntó

Mire al techo intentando encontrar respuestas y recibí otro bastonazo en la pierna.

-Porque es lo que se espera de mí, porque es lo que se supone que debo hacer, porque me equivoqué…

– Elige tu camino, piensa qué es lo que quieres tú, qué esperas de ti misma. ¿Recuerdas cómo imaginabas de pequeña que sería tu vida de mayor?. ¿Es acaso esto lo que veías?

-No, no era esto-dije con tristeza.

-Espabila preciosa, se valiente, tienes toda la vida por delante y un montón de cosas por hacer.- dijo mirándome fijamente y sellando aquella afirmación con un nuevo bastonazo en mi espinilla.

Pero aquel día no fui valiente. Me probé el vestido de novia que ahora sostengo en mi regazo y dejé que las cosas pasasen.

Marcos nunca supo lo que había ocurrido en aquel ascensor.

 

 

 

 

 

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