Lourdes Jueves 31 de julio

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El plan era perfecto pese a la dificultad, juntarnos para vernos antes de las vacaciones, beber, reír, hablar, sobre todo hablar y bailar porque a las mujeres nos encanta bailar.

Era un plan únicamente de chicas, sin pareja, sin niños. Un pequeño desahogo antes de empezar a hacer maletas y encerrarnos en un hotel, apartamento o casa del pueblo con toda la familia. De alguna manera, en aquellos encuentros volvíamos al pasado, a cuando estábamos en el instituto, libres, sin ataduras, sin preocupaciones y sin hora de vuelta.

Después de casi un mes hablándolo, habíamos encontrado un día en el que todas podíamos salir, todas menos Elena que no se sentía con ánimo de hacer nada, pese a mi insistencia. Por mi parte, había conseguido zafarme de un compromiso familiar, convencer a Alonso de que se quedase con los niños, porque yo aquella noche salía con mis amigas después de meses sin hacerlo.

Ya me había  depilado, exfoliado e hidratado de arriba abajo.

Pero el plan fallo justo cuando mi cerebro ya estaba disfrutando de la dulce sensación de fingida libertad de una noche de chicas, el plan fallo  cuando yo ya estaba casi preparada para salir, con la toalla en la cabeza y a medio maquillar y uno tras otro fueron apareciendo los mensajes con excusas absurdas: “tengo al pequeño con fiebre”, “he discutido con mi marido”, “no me encuentro muy bien”, “mejor lo dejamos para otro día”…

Me quedé sin fuerzas frente a  la pantalla del móvil pensando ¿por qué no son sinceras con ellas mismas y con los demás y reconocen que es puro conformismo lo que las lleva a quedarse en casa un sábado por la noche?

El teléfono vibra de nuevo en mis manos y la dichosa bolita verde anuncia que un nuevo mensaje ha llegado, ya no queda nadie por decir que no puede, “¿alguien se habrá arrepentido?”. Lo abro con desgana, mi ilusión y euforia inicial se han esfumado por el desagüe junto con los pelos de mis piernas, pero para mi sorpresa es un mensaje de Berto.

No lo dudo ni un segundo, ya no necesito tanto maquillaje, ni voy a ponerme los tacones de vértigo, una camiseta, vaqueros y en 10 minutos estoy cogiendo un taxi. Hoy no podría haberme quedado en casa.

Berto me espera en su portal y yo me lanzo a sus brazos como un naufrago a un bote salvavidas.

Subimos a su casa, durante la primera hora nos quitamos las palabras de la boca sin parar, bebemos y fumamos en la misma proporción.

Cuando llegamos a la parte de sus conquistas me quito la alianza, se siente incomodo si piensa que habla con mi nuevo yo, la mujer casada y madre de familia en lugar de  con su colega  de toda la vida. Seguimos fumando y bebiendo, a estas alturas yo ya estoy descalza y a punto de confesar que mis amigas me han dejado tirada esta noche que tanto tiempo llevaba esperando y que las guardo un infantil rencor por ello, pero Berto, sabe que algo me ocurre.

Él lo sabe todo de mí. Sabe cómo me gusta el café, sabe que necesito silencio por la mañana y un vaso de agua antes de dormir, sabe donde se quedan acumulados esos donuts que a veces me como  en el coche de camino a recoger a los niños. Sabe qué me hace llorar, qué reír, sabe donde si sitúan y como llegaron allí cada una de las cicatrices que hay en mi piel y en mi alma y sabe que hoy, algo me pasa.

-¿Quieres contármelo?

Es una pregunta absurda, claro que quiero contárselo y se lo cuento.

Le hablo de como noto y siento que la vida y las circunstancias me han cambiado, como poco a poco y sin darme cuenta me veo inmersa en esa vida de  mayores que juramos y prometimos no involucrarnos jamás. Le cuento que mi vida a veces es una olla a presión que necesita una vía de escape y de cómo esta noche quería recuperar un poquito de mi antiguo yo y como mis amigas  hoy me han fallado.

Berto no habla, solo fuma y me escucha. Cuando termino de hablar se levanta y se pierde por el pasillo. Yo espero sentada en el suelo de su salón limpiándome las lágrimas con las mangas de mi camiseta. Oigo como revuelve en algún cajón y le veo regresar  con una foto en una mano y un espejo en la otra. Se sienta a mi lado y pone ante mi la foto y el espejo.

 

-Mira esta foto- me dice- tenias 25 años y estabas preciosa con aquel vestido. Tienes los ojos rojos porque aquel día llorabas sin parar. Tu vida estaba cambiando y echabas tanto de menos a tu yo anterior que decías que te faltaba el aire. Ahora mirate en el espejo, eres la misma. Los mismos ojos rojos y sigues siendo igual de preciosa. Esa chica de 25 años está ahí con la de 15  y con todas las que has sido y serás.

Miro la foto, mi reflejo en el espejo y miro a Berto con su cálida sonrisa infantil de siempre que me transporta a otra época, a otra etapa de mi vida y mientras le miro pienso: “No se si alguna vez te rompí el corazón, si así fue, quiero que sepas que siempre tuviste el mío de repuesto”, pero no se lo digo.

Solo hablamos una vez de esto, hace muchos años. Me acompañaba  por esa calle solitaria, oscura y lúgubre que separaba mi casa  de entonces del metro y que nunca permitía que recorriese sola si salía con él. Caminábamos despacio por el trayecto que habitualmente yo hacía corriendo como una estrella fugaz, pero con Berto, ir de un sitio a otro siempre es un paseo.

Paseando  con Berto, hablando de esas cosas que en aquella época pensábamos que solo a nosotros nos inquietaban, esas que solo él y yo entendíamos, ese universo invulnerable de confianza y seguridad que siempre sentía a su lado amenazó con venirse abajo cuando me invitó a imaginar que pasaría si se enamorase de mi. Las pocas farolas que iluminaban mi calle se apagaron de repente para mí y solo ellas y las casas cerradas fueron testigos de aquella conversación. Con la firmeza y convicción de mis dieciséis años le dije que eso no podía pasar y le hice  jurar y prometer que  si alguna vez ocurriese, nunca me lo diría y nunca volveríamos a hablar de aquello.

Paseando con Berto descubrí que era capaz de todo, paseando despacio soñé lo que podía llegar a ser, paseando con él imaginamos cuentos  que luego escribimos. Juntos descubrimos el significado de la amistad e inventamos un universo nuevo en el que solo él y yo habitábamos y le pusimos nombre de letra griega. Era el refugio antinuclear a todas esas guerras que nos asediaban.

En nuestro refugio, leíamos canciones, me dibujó con los ojos cerrados porque siempre iba despistada, me esperó porque siempre llegaba tarde, le acogí en mi habitación cuando no podía estudiar en la suya y me acompañó al fin del mundo donde había olvidado la cabeza.

Berto siempre encuentra mi cabeza perdida y yo guardo mi corazón por si el suyo se rompe.

 

 

 

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Una respuesta a Lourdes Jueves 31 de julio

  1. Carmen dijo:

    Precioso. Me gusta mucho cómo escribes.

    Me gusta

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