Lourdes Lunes 1 de septiembre.

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Como todos los años, reservo una semana de mis vacaciones para ir a Santander a ver a mi familia.

Alonso ha decidido no acompañarnos, dice que tiene que trabajar. Pero yo sé los verdaderos motivos de su ausencia. No es la primera vez, y lejos de molestarme o preocuparme, disfruto de la soledad en compañía de mis hijos.

Esta semana es para mi sola, una semana de viejos amigos y viejas historias, es como volver al pasado.

Como todos los años por estas fechas, la tía Carlota celebra su cumpleaños.

La tía Carlota es de esas personas que presta extrema atención a los detalles y eso hace que cualquier cosa que tenga que ver con ella resulte deliciosa.

La invitación a su cena no llega por e-mail o whatsapp como viene siendo habitual. Ni siquiera con una correcta llamada telefónica. La invitación llega por correo en un bonito sobre lavanda y con una nota manuscrita en la que se me invita a la cena celebración con motivo de su 73 cumpleaños y en la que se ruega decoro al vestir a tan importante evento.

Esto último no lo entendí muy bien hasta que no llegué al restaurante ya que la nota también especificaba que se trataba de una cena informal de mujeres.

Las invitadas éramos todas las sobrinas de tía Carlota, menos mi hermana Mónica que hace unos años que no se habla con algunas de mis primas. En total nueve mujeres de variadas edades y formas de vida.

Estaba Marina, la mayor de todas, aunque sólo tiene un año más que yo. Ama de casa sufridora, madre sufridora, y a la que me extrañó ver alejada de su marido más de 500 metros.

Raquel tiene mi edad y con ella siempre he compartido veranos, confidencias y algún que otro ligue esporádico.

Nos siguen Lucia, Alba y Olga, las hermanísimas.

Las tres son hijas del tío Carlos, la oveja negra de la familia, y no pueden ser más distintas a su padre. Siempre tan apropiadas, tan correctas, tan rubias y con una vida de ensueño de puertas para afuera y que odian a mi hermana Mónica que en su momento dejo al descubierto la no tan perfecta vida de Olga.

Y por último las pequeñas Eva, Amalia y Beatriz. Y aquí es donde entendí el tema del decoro al vestir. Apenas han sobrepasado la mayoría de edad y están en ese momento de su vida en el que enseñar el tanga por encima de la cinturilla del vaquero metido con calzador es igual de apropiado para ir a la discoteca que para un concierto de cámara. Y os puedo asegurar que una velada con la tía Carlota es una auténtica mezcla de ambas cosas.

 

Antes de llegar a los postres las lenguas se soltaron y ante unas escandalizadas hermanísimas las pequeñas nos condujeron con sus preguntas a donde ellas querían. Todas dábamos nuestra opinión más o menos sincera sobre las relaciones y el sexo. Carlota sólo escuchaba y observaba hasta que Beatriz la más joven de aquel grupo, guiada un poco por el descaro y otro poco por el vino le preguntó a ella directamente cual había sido su mejor momento con un hombre.

Se hizo silencio en la mesa. Lucia y Alba reprendieron a Beatriz, la tía Carlota bebió de su copa de vino y Raquel y yo Rogamos porque nos hablara de ese momento. Se secó los labios con absoluta delicadeza, dejo la servilleta sobre la mesa y comenzó a hablar.

Tenía la edad de Raquel y mía y aún estaba casada con el tío Manuel cuando se cruzó en su vida Hugo.

Carlota trabajaba por aquel entonces en una empresa de cosmética francesa con sede en nuestro país. Recuerdo perfectamente aquella época porque todas las mujeres de la familia lucían estupendas  sin necesidad de gastar una fortuna gracias a su trabajo y Mónica, Raquel y yo teníamos cientos de pintalabios y sombras con las que jugar a ser mayores.

Pues bien. En uno de sus viajes a la ciudad de la luz, durante una aburrida reunión en la que se presentaban los resultados del semestre, Carlota, cruzó su mirada durante un breve instante con un joven alto, despeinado de ojos claros y barba de dos días, y un ligero escalofrío corrió por su nuca, así que cuando al terminar la reunión le propusieron ir a cenar a un restaurante cerca de Montmartre se aseguró de sentarse lejos de aquel joven pero en un lugar desde el que pudiese observarle con total naturalidad.

Aquella noche se conformó con sus ojos, y a la mañana siguiente después de llamar a Manuel para mitigar la culpa cambió su billete de vuelta y se preparó para pasar una semana  en París.

Dos días después Hugo y ella habían compartido cuatro de las cinco comidas diarias que el Ministerio de Educación recomienda. Sólo les faltaba desayunar.

Ella supo que Hugo acabada de separarse y él que Carlota lo haría si fuese valiente. Él le hablo de sus viajes y ella de su vida sencilla y de como por fin este trabajo le había dado la libertad que tanto ansiaba. Hablaron de música, de cine, compartieron secretos y una noche sin saber cómo se encontraron hablando de sus más íntimos deseos con una naturalidad poco común.

A estas alturas del relato habíamos terminado una quinta botella de vino y el restaurante ya estaba vacío. La tía Carlota detuvo su narración y con un elegante gesto llamó al camarero.

-Estoy a punto, el día en que cumplo 73 años, de revelar a mis nueve sobrinas mi gran aventura extra matrimonial. Le ruego nos permita fumar un cigarrillo.

El camarero nos miró a todas, una a una, y supongo que entendió que romper ese momento pidiéndonos que saliésemos  fuera a fumar era cruel, así que dio media vuelta y desapareció regresando instantes después con un cenicero.

Ninguna nos atrevíamos a hablar por miedo a romper aquel momento.

Nos contó como al final de aquella semana regresó a casa y cómo retomó con total naturalidad su rutina. Cómo cada vez que Hugo se cruzaba por su mente una sonrisa atravesaba sus labios y cómo le gustaba cerrar los ojos y recordar una y otra vez sus ojos claros y su pelo alborotado.

Nos contó cómo imaginaba su vida en París al lado de Hugo. Buscaba cualquier excusa para quedarse sola y poder soñar. Soñar con ese momento fugaz en el que había sentido cada milímetro de su piel.

Un par de meses después Hugo viajo a nuestra ciudad. Carlota quería verle. Pasó noches sin dormir, con los nervios instalados en el estómago pero a medida que  pensaba en un posible encuentro intuía que si éste se producía ya no habría marcha atrás. Aun así compró un vestido nuevo, puso especial atención a su maquillaje y eligió pensando en enseñarla su ropa interior.

Cuando Carlota llegó a la puerta del hotel en el que se alojaba Hugo, éste estaba en la recepción. Carlota le vio a través de la cristalera de la fachada. Entonces lo decidió. No entraría. Nada por muy perfecto que fuese podría ser mejor que el recuerdo de aquella semana en París.

Y allí nos dejó tía Carlota, con la boca abierta y el corazón en un puño.

Se excuso ante nosotras diciendo que ya era muy tarde para  una mujer de su edad, pago y me ofrecí para acompañarla a casa dando un paseo, quería saber mas de Hugo.

Hugo desapareció de su vida porque ella así lo quiso, pero en la puerta de  su casa mientras nos despedíamos me dijo:

-Tu no dejes escapar ninguna oportunidad.

Y ella no sabe que “mi Hugo”, mi oportunidad, ya se escapó.

 

 

 

 

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