“Los zapatos de Lourdes”

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“Tu no dejes escapar ninguna oportunidad”.

Las palabras de tía Carlota resuenan en mi conciencia como un salmo y me las repito a mi misma una y otra vez como una oración.

Sus palabras me han acompañado todas las vacaciones. Mientras preparaba el desayuno a los niños, mientras bajábamos a la playa, mientras jugaban con los primos y amigos de todos los años y yo leía, mientras me tomaba una cervecita fría con las madres de sus amigos. Mientras salía por las noches con las primas y ellos se quedan a buen recaudo con los abuelos. Mientras me quedaba mirando al infinito sin hacer nada, sin pensar, solo rezando, cual pirada, mi letanía del verano: “tu no dejes escapar ninguna oportunidad”. Este verano ha sido diferente sin Alonso, es mejor sin Alonso, con el no puedo hacer todas estas cosas.

Creo que en algún momento de estas vacaciones he conseguido dejar mi mente en blanco, difícil lo sé, pero lo he conseguido.

Pienso en Elena y todas esas oportunidades, vivencias y experiencias que ha dejado escapar,  todo eso que no ha vivido y está deseando vivir.

Pienso en las mías y entonces es cuando mi mente se queda en blanco, sufro algún tipo de colapso mental cuando trato de recordar  ciertas cosas, me bloqueo y mi cerebro deja de funcionar, así de simple. Estoy dotada de algún tipo de dispositivo de autodefensa que me impide recordar o pensar en ciertas cosas que me hacen daño. Soy feliz así, creo que soy feliz así, no sé si soy feliz así.

He salido casi todas las noches con las primas, mientras mis hijos se quedaban en el cine de verano, o mal-cenando con los primos, ¡!si lo viese su padre! pero  decidió no estar (te vendrá bien una temporada sola con los niños, “ni te lo imaginas”) y  yo soy una madre consentidora, fácil de convencer con un par de sonrisas y besos sobornadores. A cambio pude relajarme en lo chiringuitos mojito en mano.

Allí todo el mundo me conoce, de modo que no tengo ningún tipo de necesidad de arreglarme para salir, podría incluso salir en pareo  y bikini pero el decoro me lo impide. Estoy a gusto, me siento muy yo en chanclas, pese a que salía con mi prima Raquel que está recién separada y en pie de guerra cual adolescente con tetas nuevas y todas las armas de seducción masiva preparadas por si surge la oportunidad.

En estas vacaciones a mí la oportunidad me hubiese encontrado en chanclas y sin maquillar.

Durante mis vacaciones  he leído en una novela de esas ligeritas especialmente escritas para leer en la playa, que a los treinta y tantos años un hombre debe decidir qué cuerpo quiere tener. Probablemente me equivoque en la interpretación de la frase, pero viene a decir algo así como que a los treinta y tantos un hombre debe decidir si hace ejercicio o se deja llevar por la vida y deja a su cuerpo evolucionar a su antojo y libremente.

He de decir que no creo que esta frase sea un verdad absoluta ya que supongo que  viene  de la imaginación de un escritor de novelas y supongo que no tiene una base científica pero me dio pie a pensar en cómo nosotras, las mujeres y yo en concreto, decidimos varias veces a lo largo de nuestra vida, que tipo de zapatos llevar y esta decisión define esos momentos de nuestras vidas.

No tenemos poder sobre nuestro cuerpo, sometido a bruscos cambios hormonales, grasas mal distribuidas,  embarazos, lactancia, estrés, menopausia etc… Nosotras a cierta edad como dice una buena amiga, o nos ajamonamos o nos amojamamos, pero si podemos decidir si llevamos tacones de vértigo, bailarinas, zapatillas de deporte, zapato masculino o salones de princesa o chanclas y ahí es donde reside nuestro poder, lo que nos hace diferentes y lo que determina cada etapa de nuestra vida

Recuerdo que mi madre dejaba sus zapatos en un zapatero detrás de la puerta del baño y aprovechando las horas muertas esas que pasas en el baño investigando potingues, armaritos y demás secretos ocultos, yo me ponía los zapatos de mi madre,  pero solo los de tacón.

Tengo un especial recuerdo de unos de verano con tacón de madera y el talón al aire. El empeine de cuero marrón sujeto por tachuelas metálicas que me encantaban.  Hacían un ruido precioso al caminar y  eran los que más tacón tenían de todos los del zapatero de mi madre. Vérselos puestos me fascinaba, se convertía de repente en un gigante, en una señora impresionante y al caminar no podías dejar de mirarla ni de escuchar sus pasos con aquel precioso sonido.

Se transformaba en otra mujer, pasaba de ser nuestra madre a la señora espectacular que acompañaba a mi padre y a la que todo el mundo miraba al caminar.

Quería que me crecieran los pies para poder lucirlos igual que ella, que se ajustasen a mis pequeñas extremidades y aprender a caminar sin tropezarme aunque solo fuesen los escasos metros de nuestro baño.

Me crecieron los pies, bastante más que a mi madre por cierto, y con los pies todo mi cuerpo. En la adolescencia, esa edad tan mala, decidí que jamás llevaría tacones, supongo que la rebeldía propia de la edad hicieron que tomase esa estúpida decisión, también decidí que jamás me pintaría las uñas de rojo y las veo tecleando ahora mismo en un rojo vivo que asusta y fascina al mismo tiempo. Y me calce botas, zapatos masculinos, camperas, botines, etc.… pero siempre sin tacón.

En aquel momento era lo que tenía que calzar porque era lo que me definía, una rebelión como la que se produce en la adolescencia no se puede llevar a cabo subida en unos estiletos, ese correr para llegar a clase, esas aventuras clandestinas en los parques y bosques con el muchachito de turno, esas primeras borracheras, correr sin sentido con tus amigas cuando estas disfrutando, ese espíritu bohemio que a todas nos ataca a cierta edad, todo eso se hace mejor sin trastabillar por las calles.

Cuando me incorporé al mundo laboral, opté por mocasines y zapatos un poco mas femeninos pero sin tacón, sí que es verdad que atesoraba alguno para esos momentos especiales, bodas bautizos y fiestas supremas, pero me resultaban tan sumamente incómodos en mi día a día laboral, que apenas los usaba

Y fue precisamente la maternidad la que hizo que me subiese a unos tacones, primero por prescripción médica y luego  puro placer. Me dolía la espalda, me dolían los pies y el médico me recomendó cambiar la posición de mi espalda ya que con el embarazo cambiaba mi centro de gravedad y así lo hice. Con mucha torpeza,  me encaminaba todos los días a mi lugar de trabajo subida a mis tacones, embarazadísima y sintiéndome observada por la muchedumbre que ya veían en mi una mala madre con tacones.

No sentí el poder de los tacones hasta después del embarazo, estaba tan concentrada en mi dolor de espalda que no me di cuenta. Cuando recuperé mi vida y mi trabajo, que no mi persona, porque desde entonces muchos solo me conocían como “la madre de”, volví al zapato plano por pura comodidad, dejar al niño en la guardería, volver, salir corriendo para llegar pronto y encontrarme con su carita…pero había algo que no me terminaba de encajar en mi vida, no era realmente yo, era la madre de, mis zapatos me condicionaban.

Poco a poco y a medida que mi hijo fue creciendo, aumentaron los centímetros de mis tacones y como consecuencia mi estatura.

Mis zapatos empezaron a hacer ruido al caminar,  como los de mi madre, me hacía notar a mi llegada a los sitios, comencé a sentirme mucho mas femenina y segura subida en mis particulares andamios y si,  así fui escalando posiciones, no precisamente por llevar tacones, sino por sentirme segura, confiada y porque no, poderosa.

Hay mujeres que se sienten seguras y poderosas con un traje de chaqueta o con un blazer negro, otras adornándose con accesorios o joyas, lo mío son los zapatos.

…Pero  se acabaron las vacaciones y ya he vuelto a mis tacones y echo de menos mis chanclas, quiero mis chanclas otra vez, no quiero volver a la rutina de sentirme poderosa.

 

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2 respuestas a “Los zapatos de Lourdes”

  1. claudiapat.nene dijo:

    estoy totalmente de acuerdo con el poder de los zapatos ; los tacones me sirven en el trabajo para parecer más eficiente ( no sólo hay que serlo sino parecerlo) pero al llegar a casa saco mi yo más despreocupado a bordo de unas zapatillas. qué cosas!!!!

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  2. Carmen dijo:

    Me encanta cómo escribes, es como escucharte, tus monólogos son una delicia, gracias por escribir. En cuanto a zapatos, es cierto, he comenzado a recordar, unos que me encantaban, otros que no me gustaban en absoluto pero debía llevarlos al cole, al crecer y en mi caso tener problemas a la hora de elegir, hasta rebelarme también. Como se debían limpiar, etc. A lo mejor escribo sobre ello, me inspira leerte, la verdad. Un abrazo!

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