A bloody long way.

PB051230

 

Por fin recupero la respiración y salgo de la cafetería. Me siento mareada, perdida, confundida y con un fuerte dolor en el estomago, un nudo que ni sube ni baja, ni hace nada, se ha quedado instalado en mi interior.

Llamo a Lucia, que así se llama mi rubia asistente y le cuento que no me encuentro bien y que no voy a volver a la oficina. Me recuerda que tengo una reunión importante por la tarde con mi jefe y los responsables de un nuevo proyecto en el que nos hemos embarcado  y a los cuales no conozco, pero se de sobra en que consiste el proyecto y Lucia también, de modo que le digo que se prepare porque a esa reunión asistirá ella.

La segunda llamada tras recuperar el aliento y el habla es a mi jefe para informarle de mi malestar y de que no podre acudir a la reunión, no me pone ningún problema, de sobra sabe que lo tengo preparado.

-No te preocupes, tomate tú tiempo y recupérate, ya tendrás tiempo de reencontrarte con tus nuevos colegas- me dice

La tercera llamada es para Elena

-¿Dónde estás? Necesito verte- le suelto nada mas descolgar sin darle tiempo ni siquiera a decir “Hola”.

La oficina de Elena esta a cuatro estaciones de metro, pero no me veo capaz de coger el metro  me falta el aire y voy a ponerme a llorar de un momento a otro, esta a diez minutos en taxi, pero decido correr.

Camino deprisa y en cuestión de segundos estoy corriendo por la calle, esquivando personas, papeleras y farolas, cada vez más deprisa sintiendo como el aire llega a mis pulmones, como invade mi cuerpo y llega a mis piernas que cada vez se mueven más rápido.

… y de repente puedo ver, veo los arboles que voy dejando atrás, veo a las personas que se apartan para que yo pueda seguir corriendo, veo los coches y a la gente en su interior, es como si hoy todo lo que me rodea hubiese cobrado vida. Veo los colores, la cara de la gente que me mira extrañada, veo las nubes avanzando en el cielo, veo los escaparates, veo los semáforos en verde dándome paso para seguir corriendo y oigo.

Oigo y escucho  el bullicio de la calle, el estruendo de los motores de los coches, el zumbido de las conversaciones  a mí alrededor, el sonido de mis zapatos contra el asfalto, el tintineo de las llaves de casa en mi bolso y siento.

Siento como el oxigeno llega a mis pulmones, a mi cerebro y siento un burbujeo en cada una de las venas de mi cuerpo, como si repentinamente hubiese comenzado a circular la sangre por ellas. Después de mucho tiempo, la sangre circula por mis venas, siento, oigo y veo. Estoy viva.

Elena está en la puerta de su oficina esperándome, la veo diferente, no sé que es pero está diferente,  casi  puedo ver media sonrisa en su cara que se esfuma nada mas verme aparecer sin aliento y hecha unos zorros con  chorretones de rímel por la cara.

-Esta aquí Elena, está aquí, en Madrid- consigo decir y estallo en lagrimas otra vez.

-¿Quién?

-Manuel

Y el solo hecho de decir su nombre en voz alta me escuece en los labios.

Nos sentamos en un rincón de un restaurante italiano cerca de su oficina, está radiante, no se si se debe a mi recientemente recuperados sentidos o  a que realmente esta cambiada. Sutilmente maquillada, con un vestido estampado  cortito y tacones, pero lo que mas me llama la atención es  un  brillo nuevo en sus ojos.

Me bombardea a preguntas.

-¿Cuando ha venido? ¿Dónde ha estado? ¿Qué hace aquí?

Y no tengo respuestas.

Hace exactamente un año, ocho meses y 25 días que se fue, desapareció. Los mismos días que la sangre dejo de circular por mis venas, mis sentidos dejaron de funcionar correctamente y mi cerebro se bloqueo y entro en modo armadura, convirtiéndome en lo que soy actualmente, una desalmada, una mujer sin vida y sin ganas de nada.

Se fue sin dejar rastro, sin decir  a donde iba.

Se fue porque no quería volver a verme, porque fui una cobarde,  porque no supe ser valiente, porque no aposte por lo nuestro, porque no tuve el coraje de abandonarlo todo y seguirle.

Y me dejo sola, sola como nunca había estado. Sola.

No recuerdo el momento exacto en el que conocí a Manuel, no hubo flechazo, era un personaje que deambulaba por mi oficina sin corbata, detalle que llamaba la atención porque todos en mi oficina van con corbata. El no.

Colaboraba con nosotros en algunos proyectos importantes  pero no formaba parte de la empresa, según él porque así nadie le podía imponer una corbata.

Poco a poco y a fuerza de viajes, cenas y comidas laborales se convirtió en un gran amigo,  cómplice,  compinche, compañero de risas, participe de mis aventuras y desventuras, de mis penas y alegrías.  Compartíamos desayunos, cafés “cargaditos” , ilusiones, consejos… Era mi amigo.

Conseguí mantener mi farsa durante aproximadamente un mes. Treinta días en los que  Manuel me preguntaba constantemente si todo iba bien. Treinta días en los que dio la cara por mi, porque aunque yo intentara ganar el óscar fingiendo que todo iba bien y ponía la mejor de mis falsas sonrisas, el sabia que algo estaba pasando.

Y estaba pasando que Alonso mi marido, no me quería, se había enamorado de otra persona y ya estaba recogiendo sus cosas de casa para irse cuando confesé. Ya habíamos pactado como hacer con los niños, ya habíamos llorado, suplicado, implorado, discutido e insultado. Me había contado que se sentía solo a mi lado, que no sentía la pasión de antes, que no compartíamos inquietudes,  se sentía lastrado en una relación que no le llevaba a ningún sitio y de la cual quería escapar, que era infeliz… y todo esto le pasaba a Alonso sin que yo me diese cuenta.

Y sin que yo me diese cuenta él había buscado la emoción en otros brazos, había compartido inquietudes y confidencias con otra mujer. No solo era sexo, se había enamorado.

No estaba triste, mi relación con Alonso era una mierda desde hacía años, pero el fingía que me quería y yo me dejaba querer. No estaba dolida por la traición, estaba enfadada, Enfadada  por no haberme  dado cuenta, por no tener la habilidad esa que se nos supone a las mujeres, ese sexto sentido que hace que adivinemos  estas cosas. No lo vi venir, no lo presentí, no supe verlo porque a mí no me faltaba nada.

Yo no me sentía sola porque Manuel estaba a mi lado, compartiendo inquietudes, sueños, viajes imaginados,  confidencias y secretos, risas y llantos, haciéndome sentir la mujer más maravillosa del planeta.

Manuel no lastraba, Manuel me daba alas.

A su lado  yo era insuperable, grandiosa, soberbia, divina, sublime, divertida, tierna, sensible, delicada, dulce, graciosa, ocurrente, joven y bella. A su lado era mi mejor yo.

Tan entretenida estaba dando lo mejor de mí a Manuel, enamorándome de Manuel  sin darme cuenta, que no vi venir la traición de Alonso.

Cuando confesé la infidelidad de Alonso, me regaño por no habérselo contado antes, por no haberlo compartido nunca olvidare sus palabras:

-Llevo años esperando este momento.

 

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