Lourdes. Lamiendo nuestras heridas.

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Por fin llega el día y estoy nerviosa. Las mentiras me ponen nerviosa.

Le he contado a Alonso que voy a salir a cenar con las chicas, que Elena esta de bajón otra vez,  que necesita salir y no sé cuantas mentiras mas. No sé por qué extraña razón me empeño en mentir a mi marido si él no hace ni el mas mínimo esfuerzo por justificar sus salidas,  ni sus “llegaré tarde cariño, tengo mucho lio” y que yo hago como que  me creo,  pero lo sé, sé donde está y con quien. Lo veo en su cara de  placer culpable cuando llega,  huelo el sexo adultero en su camisa sucia, lo siento en sus labios fríos cuando me besa la frente y me desea buenas noches.

Yo soy mala y miento.

Miento porque no quiero dar explicaciones.

Miento porque quiero que se sienta mal.

Miento porque la verdad es mucho más larga que la mentira.

Miento porque ni yo misma quiero oír la verdad.

Llevo un rato sentada en la cama con una toalla cubriendo mi cuerpo, pensando que ponerme para cenar con Manuel. ¿Arreglada o  informal?, ¿una falda o unos vaqueros?, ¿tacones o botas cómodas?

Busco en mi armario y encuentro aquel vestido negro que no me he vuelto a poner. Lo compre pensando en él, me lo puse solo con él y para él. Me lo pruebo y me queda perfecto. Se ajusta a mi cuerpo como si hubiese sido hecho para mí, es suave y acaricia  mi recién hidratada piel y sin querer  vuelvo al pasado y recuerdo como Manuel me lo quitaba cuando lo llevaba puesto.

Es una mala elección, no es vestido para una nueva “primera cita”,  no quiero volver al pasado con ese vestido, no quiero que los recuerdos  hagan acto de presencia en nuestra cena.  Quiero que todo sea nuevo, quiero que me vea tal cual soy ahora y no, no quiero hacernos mas daño.

 

He estado toda la semana evitando estar a solas con él, fingiendo que estoy súper-concentrada en mi trabajo. Intentando no respirar  cuando pasa a mi lado para no embriagarme de su olor, apretando mis músculos para no rozarle,  esquivando su mirada para no encontrarme con sus ojos que me hablan, midiendo mis palabras para no decir lo que mis ojos no callan.

Una mañana, entró sin llamar en mi despacho, con urgencia cerró la puerta y se sentó frente a mí. No dijo nada, clavo sus ojos en los míos y me obligo a mirarle fijamente. Sostuve su mirada sin moverme, sin pestañear para no perderme ni uno solo de los tonos de marrón que forman sus ojos. Nos miramos sin hablar unos minutos, los suficientes para volver a naufragar y perderme  sin remedio… y sentirme de nuevo yo.

-Creo que tenemos que hablar-dijo por fin, sin dejar de mirarme- deberíamos hablar… quiero hablar contigo.

-Claro, dime.

Ni se inmutó.

– No, aquí no. Quiero hablar contigo de verdad, tú y yo el viernes. Te recojo a las ocho y media, cenamos. ¿Puedes?

-Si puedo- dije con una sonrisa.

Se fue como vino, sin decir nada más.

Me decido por unos vaqueros y  jersey negro, sin pretensiones, no quiero que piense que quiero… no  quiero que  entienda que pienso… no quiero que sienta que siento…  pero siento. Siento y me duele.

Me recoge, cenamos, hablamos, nos reímos,  y poco a poco le voy contando mi verdad, mi día a día desde que se fue, sin adornos ni artificios, sin mentiras de una felicidad fingida, de los niños, incluso de Alonso. Ya en los postres un poco más relajados, tras una botella de vino,  me permito  el lujo de preguntar donde ha estado todo este tiempo.

-Dando vueltas, alejándome de ti, pensé que si ponía tierra de por medio, sería más fácil, pero mira, aquí estoy otra vez, rendido.

-¿Rendido? ¿Por qué?-quise saber.

-Porque no he conseguido dejar de pensar en ti ni un solo día, porque me fui cuando más me necesitabas,  porque si me hubiese quedado…

Acerca su silla a la mía y con sus manos acaricia mi cara borrando las lágrimas que espontáneamente salen de mis ojos.

-…porque fuimos unos cobardes, porque solo tú puedes curar mis heridas.

Y cada caricia es una descarga eléctrica.

-Y ¿Dónde están tus heridas?-pregunto.

Señala su corazón y con mi mano dejo un beso en su pecho. Señala su cabeza y con mis labios acaricio su frente, señala sus labios y con mi boca lamo sus heridas.

-Quédate esta noche conmigo- me pide.

Y me quedo.

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2 respuestas a Lourdes. Lamiendo nuestras heridas.

  1. Ava Maof dijo:

    “Miento porque la verdad es mucho más larga que la mentira”…
    Qué buena frase. Me quedé masticándola 😉

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