Elena. Mar saudade.

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Los últimos dos días han sido una auténtica locura. Desde que Lourdes me llamó para contarme lo ocurrido con Manuel todo han sido mentiras en casa, lágrimas, silencios, pero también muchas risas provocadas por una estupenda botella de Niepoort redoma branco  acompañando unos deliciosos lomos de bacalao.

Marcharnos a Lisboa era lo mejor que Lourdes y yo podíamos hacer en este momento. Tener la posibilidad de hablar abiertamente y de no tener que fingir ha sido todo un regalo.

“Lisboa es como nosotras”me dijo Lourdes, “ella tiene Mar saudade y nosotras añoramos también. Añoramos lo que vivimos, lo que dejamos olvidado sin vivir, añoramos a quien amamos, añoramos nuestra libertad, parece que la tenemos, igual que Lisboa que parece tener mar…”

Paseando por el Chiado Lourdes me contó como se sentía ahora que Manuel había vuelto a su vida. Hasta ahora había sido capaz de controlar esos sentimientos pero ya no. Manuel había accedido a su corazón de nuevo al tiempo que entró en ella, con cada movimiento de sus caderas aquella noche horadó sus entrañas y se hizo un hueco allí dentro y se instaló y Lourdes sintió ese dolor de nuevo.

Yo por mi parte fui capaz de hablar abiertamente de mí. De todas esas pequeñas cosas que me atormentan, que me hacen insegura, que me paralizan. Le hablé de mi relación con mi madre, de como sus continuas críticas y reproches me habían hecho pensar siempre que tenía más de lo que merecía y de que por fin había descubierto que sí que puedo que si quiero puedo con todo.

Lourdes me confesó que hacía meses, muchos meses, que Alonso no la tocaba y que se moría de miedo. Miedo de asumir la realidad de su vida. Miedo al después.

Volví a sentirme unida al mundo, con los pies en el suelo, responsable de mi vida. Desde que Unax me había devuelto la sonrisa, esa efímera sonrisa, yo me había alejado de Lourdes. Estaba viviendo mi fantasía particular y no quería que nada real me la estropease. Compartir esos días me unió a ella más aún.

La última noche salimos a cenar al  Belcanto, un regalo de despedida. Nos arreglamos especialmente, nos perfumamos y maquillamos y seguras y serenas nos dirigimos a saciar nuestro apetito y nuestra sed en aquel paraíso culinario.

Allí, aquella noche, la casualidad y un error en nuestra reserva, nos hizo compartir la mesa con dos estupendas mujeres Isabel y Natalia que nos hicieron el regalo de su compañía en nuestra última noche en Lisboa…..

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