A bloody long way.

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Por fin recupero la respiración y salgo de la cafetería. Me siento mareada, perdida, confundida y con un fuerte dolor en el estomago, un nudo que ni sube ni baja, ni hace nada, se ha quedado instalado en mi interior.

Llamo a Lucia, que así se llama mi rubia asistente y le cuento que no me encuentro bien y que no voy a volver a la oficina. Me recuerda que tengo una reunión importante por la tarde con mi jefe y los responsables de un nuevo proyecto en el que nos hemos embarcado  y a los cuales no conozco, pero se de sobra en que consiste el proyecto y Lucia también, de modo que le digo que se prepare porque a esa reunión asistirá ella.

La segunda llamada tras recuperar el aliento y el habla es a mi jefe para informarle de mi malestar y de que no podre acudir a la reunión, no me pone ningún problema, de sobra sabe que lo tengo preparado.

-No te preocupes, tomate tú tiempo y recupérate, ya tendrás tiempo de reencontrarte con tus nuevos colegas- me dice

La tercera llamada es para Elena

-¿Dónde estás? Necesito verte- le suelto nada mas descolgar sin darle tiempo ni siquiera a decir “Hola”.

La oficina de Elena esta a cuatro estaciones de metro, pero no me veo capaz de coger el metro  me falta el aire y voy a ponerme a llorar de un momento a otro, esta a diez minutos en taxi, pero decido correr.

Camino deprisa y en cuestión de segundos estoy corriendo por la calle, esquivando personas, papeleras y farolas, cada vez más deprisa sintiendo como el aire llega a mis pulmones, como invade mi cuerpo y llega a mis piernas que cada vez se mueven más rápido.

… y de repente puedo ver, veo los arboles que voy dejando atrás, veo a las personas que se apartan para que yo pueda seguir corriendo, veo los coches y a la gente en su interior, es como si hoy todo lo que me rodea hubiese cobrado vida. Veo los colores, la cara de la gente que me mira extrañada, veo las nubes avanzando en el cielo, veo los escaparates, veo los semáforos en verde dándome paso para seguir corriendo y oigo.

Oigo y escucho  el bullicio de la calle, el estruendo de los motores de los coches, el zumbido de las conversaciones  a mí alrededor, el sonido de mis zapatos contra el asfalto, el tintineo de las llaves de casa en mi bolso y siento.

Siento como el oxigeno llega a mis pulmones, a mi cerebro y siento un burbujeo en cada una de las venas de mi cuerpo, como si repentinamente hubiese comenzado a circular la sangre por ellas. Después de mucho tiempo, la sangre circula por mis venas, siento, oigo y veo. Estoy viva.

Elena está en la puerta de su oficina esperándome, la veo diferente, no sé que es pero está diferente,  casi  puedo ver media sonrisa en su cara que se esfuma nada mas verme aparecer sin aliento y hecha unos zorros con  chorretones de rímel por la cara.

-Esta aquí Elena, está aquí, en Madrid- consigo decir y estallo en lagrimas otra vez.

-¿Quién?

-Manuel

Y el solo hecho de decir su nombre en voz alta me escuece en los labios.

Nos sentamos en un rincón de un restaurante italiano cerca de su oficina, está radiante, no se si se debe a mi recientemente recuperados sentidos o  a que realmente esta cambiada. Sutilmente maquillada, con un vestido estampado  cortito y tacones, pero lo que mas me llama la atención es  un  brillo nuevo en sus ojos.

Me bombardea a preguntas.

-¿Cuando ha venido? ¿Dónde ha estado? ¿Qué hace aquí?

Y no tengo respuestas.

Hace exactamente un año, ocho meses y 25 días que se fue, desapareció. Los mismos días que la sangre dejo de circular por mis venas, mis sentidos dejaron de funcionar correctamente y mi cerebro se bloqueo y entro en modo armadura, convirtiéndome en lo que soy actualmente, una desalmada, una mujer sin vida y sin ganas de nada.

Se fue sin dejar rastro, sin decir  a donde iba.

Se fue porque no quería volver a verme, porque fui una cobarde,  porque no supe ser valiente, porque no aposte por lo nuestro, porque no tuve el coraje de abandonarlo todo y seguirle.

Y me dejo sola, sola como nunca había estado. Sola.

No recuerdo el momento exacto en el que conocí a Manuel, no hubo flechazo, era un personaje que deambulaba por mi oficina sin corbata, detalle que llamaba la atención porque todos en mi oficina van con corbata. El no.

Colaboraba con nosotros en algunos proyectos importantes  pero no formaba parte de la empresa, según él porque así nadie le podía imponer una corbata.

Poco a poco y a fuerza de viajes, cenas y comidas laborales se convirtió en un gran amigo,  cómplice,  compinche, compañero de risas, participe de mis aventuras y desventuras, de mis penas y alegrías.  Compartíamos desayunos, cafés “cargaditos” , ilusiones, consejos… Era mi amigo.

Conseguí mantener mi farsa durante aproximadamente un mes. Treinta días en los que  Manuel me preguntaba constantemente si todo iba bien. Treinta días en los que dio la cara por mi, porque aunque yo intentara ganar el óscar fingiendo que todo iba bien y ponía la mejor de mis falsas sonrisas, el sabia que algo estaba pasando.

Y estaba pasando que Alonso mi marido, no me quería, se había enamorado de otra persona y ya estaba recogiendo sus cosas de casa para irse cuando confesé. Ya habíamos pactado como hacer con los niños, ya habíamos llorado, suplicado, implorado, discutido e insultado. Me había contado que se sentía solo a mi lado, que no sentía la pasión de antes, que no compartíamos inquietudes,  se sentía lastrado en una relación que no le llevaba a ningún sitio y de la cual quería escapar, que era infeliz… y todo esto le pasaba a Alonso sin que yo me diese cuenta.

Y sin que yo me diese cuenta él había buscado la emoción en otros brazos, había compartido inquietudes y confidencias con otra mujer. No solo era sexo, se había enamorado.

No estaba triste, mi relación con Alonso era una mierda desde hacía años, pero el fingía que me quería y yo me dejaba querer. No estaba dolida por la traición, estaba enfadada, Enfadada  por no haberme  dado cuenta, por no tener la habilidad esa que se nos supone a las mujeres, ese sexto sentido que hace que adivinemos  estas cosas. No lo vi venir, no lo presentí, no supe verlo porque a mí no me faltaba nada.

Yo no me sentía sola porque Manuel estaba a mi lado, compartiendo inquietudes, sueños, viajes imaginados,  confidencias y secretos, risas y llantos, haciéndome sentir la mujer más maravillosa del planeta.

Manuel no lastraba, Manuel me daba alas.

A su lado  yo era insuperable, grandiosa, soberbia, divina, sublime, divertida, tierna, sensible, delicada, dulce, graciosa, ocurrente, joven y bella. A su lado era mi mejor yo.

Tan entretenida estaba dando lo mejor de mí a Manuel, enamorándome de Manuel  sin darme cuenta, que no vi venir la traición de Alonso.

Cuando confesé la infidelidad de Alonso, me regaño por no habérselo contado antes, por no haberlo compartido nunca olvidare sus palabras:

-Llevo años esperando este momento.

 

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UNAX

abdominales

Cada día soporto menos ir a la oficina. No me relaciono con mis compañeros, y mi trabajo resulta tedioso. Contesto al teléfono de forma mecánica “Aguirre y Berenguer buenos días  en que puedo ayudarle” “Aguirre y Berenguer buenos días en que puedo ayudarle” “Aguirre y Berenger buenos días en que puedo ayudarle” y así una y otra vez durante cuatro horas, todos los días de todas las semanas de todos los meses a excepción de agosto que Aguirre y Berenguer tienen a bien dejarme descansar.

Me da vergüenza reconocer esto pero no sé a que se dedican Aguirre y Berenger ni siquiera se si existen un señor Aguirre y un señor Berenguer.

Al principio, cuando llegue a aquella  centralita, me propuse ser una trabajadora ejemplar, recuperar a la mujer dinámica y llena de proyectos que había sido en la universidad antes de aquel puñetero viaje en el que un polvo cambió toda mi vida. Dos meses después decidí que prefería pasar desapercibida y  que el dinamismo y los proyectos los dejaría para la vida fuera de aquel mostrador.

Aquí entre nosotros reconozco que aunque en casa y con mis amigas me quejo mucho de los duro que es mi trabajo  y de la gran responsabilidad que conlleva lo que yo hago podría hacerlo desde mi sobrina Irene que tiene sólo seis años hasta las descerebradas de mis mellizas. Contesto el teléfono. Un teléfono con muchos botones pero un teléfono al fin y al cabo. O así era hasta ayer.

Hoy   cuando llegué a la oficina el teléfono había desaparecido.

Yo miraba incrédula mi mesa. Abrí los cajones que hay debajo y nada. Encontré una barrita de cereales caducada  de uno de mis intentos de recuperar mi cuerpo, mi neceser para emergencias,( paracetamol, ibuprofeno, flatoril, tampax, cepillo y pasta de dientes, tiritas y un  pequeño costurero de esos de los hoteles) y el neceser para emergencias de Paula, la chica que hace el turno de tarde, y no pude evitar abrirlo y joder no había color crema de manos, rimel, pintalabios, condones, toallitas íntimas y un mini tanga negro. Esta claro que mis emergencias y las de Paula no son ni parecidas.

Aun con el mini tanga en la mano empecé a pensar aterrada que igual habían suprimido mi puesto, las piernas empezaron a temblarme, noté un sudor frio en mi frente y me imaginé contándole a Marcos que ya no trabajo ni cuatro horas, me dejé caer en la silla y en ese momento sólo en ese momento noté que alguien me estaba observando.  Levanté la vista y allí estaba la razón de la desaparición de  mi teléfono.

Tenía el pelo de ese rubio tostado por el sol, los brazos con unos perfilados antebrazos en los que podía adivinar el inicio o fin de un tatuaje y poco más veía aparte de una caja enorme en la que pude leer Panasonic KX-TDA15.  

-Elena, veo que ya conoces Unax. Ha venido por el plan renove de los equipos informáticos y hoy os toca a vosotras.- oí a mi jefa Lorena detrás mía- Presta mucha atención a todo lo que te cuenta Elenita que esta nueva tecnología no tiene nada que ver con el antiguo teléfono.

Unax había dejado la caja sobre mi mesa y miraba con una media sonrisa el contenido del neceser para emergencias de Paula. Yo me apresuré a recogerlo todo al tiempo que notaba como mi cara adquiría un color rojo ardiente.

Él comenzó a desembalar la nueva centralita y yo  a observar como se movía. Vestido con  una camiseta blanca no muy estrecha pero que cuando se giraba dejaba adivinar un abdomen perfecto, unos pantalones cortos  un poco caídos y unas zapatillas de deporte.  Me estaba hablando pero yo era incapaz de prestar atención a lo que me contaba. Y entonces con una sonrisa en los labios pensé que desde luego si mi continuidad en la empresa dependía de lo que fuese capaz de aprender de Unax ya me podía darme por despedida. Era  entre improbable e imposible que yo recuperase la concentración ante esos ojos verde aceituna.

-Preparada Elena.- preguntó mostrándome de nuevo esa media sonrisa.

-Aha.- es lo único que conseguí articular.

Nos sentamos uno al lado del otro. Bastante cerca. Nuestra piernas se rozaban por momentos y a mi empezaban a dolerme los abductores de tratar de mantenerlos tensos para que no notase la flacidez de mis carnes.

– Verás que esto es super sencillo. En un ratito lo tienes dominado fijo y además yo estaré por aquí un par de semanas más así que cualquier duda que te surja sólo tienes que preguntarme.

Y entonces empezó a contarme cual es la filosofía del Panasonic KX-TDA15, y yo le escuchaba con atención aunque no era capaz de enterarme de nada. Me contó que se trata de un equipo con un funcionamiento muy intuitivo y yo de pronto tuve la intuición de que Paula haría uso  de al menos tres de los artículos de su neceser de emergencia  y he de aclarar que ella siempre viene perfectamente maquillada e hidratada.¡ Quien fuera Paula!.

Unax además de terriblemente atractivo resultó encantador. Me repitió una y otra vez los procedimientos pero no había manera.Me quedé bloqueada con la funcionalidad de grabación de nuevas tarjetas de visita. Él se dio cuenta de mi bloqueo y en voz no muy alta me propuso que nos tomásemos un café para despejarnos un poco. No se que me ocurría pero sólo fui capaz de asentir y sonreír como una tonta.

Entonces nos levantamos y nos dirigimos a la puerta me cede el paso y yo me alegro enormemente de no haberme puesto los pantalones blancos que aunque muy cómodos me hacen un culo enorme.

En la cafetería después de pedir en la barra Unax me preguntó si quería que nos sentemos al fondo en un sitio con  menos ruido y donde poder charlar más tranquilamente.  De nuevo me cede el paso y se sienta a mi lado. No frente a mí, a mi lado y de nuevo  nuestra rodillas se tocan.  Hablamos de todo un poco, me cuenta que viene de un pueblo con mar que ya no tiene pareja, que le gusta cocinar, y me ha ofrecido así como si fuese lo más natural cocinar una noche para mí antes de que regrese a Bilbao. Casi me atraganto con la coca cola que estaba bebiendo. Yo no estoy acostumbrada a estas cosas.

Volvemos a la oficina y a mi la jornada de hoy se me hace super corta. Me sorprendo tonteando con Unax en alguna ocasión  y de pronto tengo que marcharme y no me apetece. Unax me da dos besos y se despide hasta mañana y salgo de la oficina y camino como si no pisase el suelo. De pronto me siento ligera como si hubiese sacado un montón de piedras de mi bolso y estoy deseando llegar mañana a la oficina y ponerme uno de mis nuevos conjuntos de lencería tal vez incluso de una vuelta por el centro y compre algo con lo que me sienta por fuera igual que me siento por dentro.

 

 

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¿Como es tu vida?

but i love you

No se ni cuantos días llevo trabajando ya, haciendo como que trabajo más bien, porque no me centro, no estoy. Cuerpo presente, mente ausente.

Algo me ronda la cabeza, algo me acecha y no sé que es. Voy de un lado a otro como si llevase una escafandra puesta, como flotando y lo más sorprendente es que me siento bien. Estoy a gusto en mi nube post-vacacional, incluso hablo con la rubia de bote, “mi asistente”.

De repente hemos formado un gran equipo. Me la llevo a las reuniones y hago que tome notas, hace esas llamadas que a mí no me apetece hacer, envía e-mails en mí nombre, me recuerda  cosas que a mí se me olvidan y esta contentísima, pese a que tiene menos tiempo para limarse las uñas. La tengo al cien por cien,  yo no llego  ni al cuarenta.

 

He de reconocer que pese a mí resistencia inicial, tenerla a mí lado me resulta de gran utilidad. El otro día  incluso la invite a tomar café en la cafetería de abajo, no en la maquina sino en mi cafetería preferida,  con camarero y café de verdad. Estuvimos hablando de trabajo y me confesó que se siente mejor haciendo cosas y siéndose útil. Que tenía la sensación de caerme mal. Yo  no fui sincera del todo y salí del paso alegando que no estoy acostumbrada a delegar. Resulta que no es tan tontita como imaginaba.

Los últimos acontecimientos en mi vida están haciendo que vea las cosas de otra manera. Elena y su desubicación terrenal, mi hermana Mónica y su ubicación estelar, Berto y mi reconocimiento ante el espejo, Alonso y sus escapadas y vuelta a las andadas (si Alonso, lo se y ¿sabes qué? Que me da igual). La vuelta al cole de los niños. La tía Carlota y sus oportunidades, las mías…Por primera vez en mucho tiempo mi vida personal me pesa más que mi vida laboral y me gusta.

Hoy vuelvo a mi cafetería favorita, esta vez con el periódico.

Me encanta este sitio, es encantador. Llevo años viniendo y siempre que entro me atrapa el aroma del café de forma irremediable, me siento como en casa, ni siquiera tengo que pedir, me conocen y saben lo que quiero y como lo quiero, no pasan ni dos minutos cuando tengo en mi mesa un café solo “cargadito”.

Abro el periódico con una sonrisa en la boca que se desvanece instantáneamente cuando oigo  que alguien pide al otro lado de la barra:

-Un café solo “cargadito”, por favor.

…Y reconocería esa voz en cualquier parte del mundo.

… Y cierro los ojos para volver abrirlos y que solo sea un sueño.

… Y no sé si esconderme tras mi periódico.

… Y no sé si hacer como que leo.

… Y abro los ojos.

… Y miro.

… Y no es un sueño, es real.

… Y comienzo a temblar.

 

El corazón me late muy deprisa, se me olvida respirar y de pronto… todo se funde en negro. Durante un imperceptible segundo pienso que voy a morir, lucho por serenarme, me tiemblan las manos. Se vuelve  hacia mí y con cara de sorpresa me sonríe. Es inevitable, me ha visto. Sonrío.

No sé si podre levantarme sin tirar la mesa, me tiemblan las piernas, no voy a poder caminar.

Nos acercamos el uno al otro con paso lento, como si quisiéramos que el tiempo se alargara infinitamente, como si la alegría del reencuentro llevase consigo la pesada sombra de la inevitable despedida.

Nos damos dos besos de cortesía, sin apenas tocarnos, dos besos temblorosos.

Hacía tanto que no olía su perfume, tanto que no sostenía su mirada, tanto que no sentía su piel.

Nos sentamos en mi mesa que ahora es mucho más pequeña y no sé qué decir, tengo tantas preguntas.

Las cucharillas chocan con las tazas dejando en evidencia los pulsos alterados.

Miro su cuello y aspiro fuerte intentando atraer el olor de su  piel. Me invade un escalofrío. Miro sus labios e inconscientemente recuerdo su sabor en los míos.

-¿Cómo es tu vida? -Me pregunta.

¿Cómo es mi vida? Repito mentalmente, y me quedo en silencio pensando que contestar,  dando vueltas a la cucharilla en una taza vacía, tratando de adivinar si se trata sólo de una pregunta de cortesía o si de verdad estará dispuesto a escuchar mi respuesta.

¿Cómo es mi vida? Mi vida no es mía. Mi vida se perdió cuando te perdí quisiera decirle, y desde entonces sólo vivo una vida prestada llena de cosas que no me pertenecen, llena de afectos que no merezco, llena de tu ausencia, llena de preguntas sin respuesta.

Una vida que algún día me pasará la factura de la farsa, una vida llena de horarios, de sexo aséptico, llena de sueños que quedan guardados en cuadernos, una vida que no es mía. Una vida en la que no estas, y en la que el único sentimiento que me pertenece es el dolor de no tenerte.

Le miro de nuevo, pero ya no le reconozco, no soy capaz de atrapar el olor de su piel, ni de sostener su mirada.

-¿Cómo es mi vida? Mi vida es genial- respondo.

Y le cuento mi “fantástica” vida, mis nuevos proyectos laborales, que tengo secretaria, que he estado de vacaciones en Santander como siempre, que los niños ya han empezado el cole.

-Y… ¿que tal están los niños?-Me interrumpe

-Grandes.

Y no me atrevo a decirle que hace tiempo que dejaron de preguntar por él.  Que se dieron cuenta  de que al hacerlo Mamá se ponía triste  y lloraba. No me atrevo a decirle que son lo único que me mantiene a flote sobre la tierra.

… Y sé que me toca preguntar qué tal esta él, dónde ha estado, cómo le ha ido, pero no lo quiero oír, no lo quiero saber. No quiero saber que es feliz sin mí, que se ha olvidado de todo. No quiero saber dónde ni con quién ha estado. No quiero saber por qué esta aquí, en nuestra cafetería, en Madrid.

Su móvil vibra sobre la mesa, no lo coge. Me mira  nervioso.

-Me tengo que ir, me están esperando.

– Si claro… no te preocupes- consigo decir antes de que el nudo que se está formando en mi interior llegue a mi garganta y me impida hablar.

– Me alegro mucho de verte.

Recoge sus cosas, paga los cafés y sale por la puerta sin mirar atrás, sin mirar hacia mí, sin ver que el nudo de mi interior  ha llegado a mis ojos y estallado en lágrimas.

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Elena. key to the highway

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Desde que logré gastarme una indecente cantidad de dinero en bragas y sujetadores no he sido capaz de usarlos. Todos los días abro el cajón de mi ropa interior le paso la mano suavemente por encima  cojo unas insulsas bragas y me las pongo.

No sé porqué razón no los he estrenado aun.

Hoy estaba con el cajón abierto, la mano acariciando la seda y justo en ese momento de ensoñación Marcos ha pasado por detrás y ha visto mi mano en el cajón, la seda en mi mano y ha visto la culpabilidad en mis ojos. Si. La culpa porque cuando compre esos conjuntos acababa de desear que otro hombre me desease y yo no hago ese tipo de cosas.Y en el probador al abrochar el sujetador y ajustarlo sobre mi pecho no pude evitar acariciar el punto donde la seda se fundía con mi piel bronceada por el sol y me gustó lo que sentí y me gustó lo que vi.

Marcos ha pasado su mano por mi cuello, se ha acercado y me ha dicho al oído. ” Que ganas de verlo en el suelo”, y ese ha sido el empujón que me faltaba. He sacado uno de los conjuntos del cajón y me lo he puesto.

En la oficina aunque hubiese querido olvidar lo qué llevaba debajo de mi vestido ha sido imposible por dos razones: Una porque el encaje y la seda aunque preciosos no son tan cómodos  como el algodón y el elastano y dos porque Marcos no ha dejado de mandarme whatsapp con cualquier excusa incluyendo en alguna ocasión una de esas pequeñas y redondas caritas amarillas con corazón incluido.Y yo sintiéndome cada vez culpable en cada mensaje que he contestado más emoticonos he incluido.

En fin que he pasado toda la mañana comportándome como una quinceañera  y sufriendo porque Marcos espera a un adulta por la  noche. Una adulta que yo no quiero ser.

Ya en casa la cosa ha empeorado. Las niñas, estoy convencida que sobornadas por su padre, han decidido ir a dormir a casa de una de sus amigas.- Papá nos ha dado permiso.- Han dicho sin dejarme tiempo a preguntar nada más cuando las he visto salir con las mochilas de casa.

Marcos se está tomando muchas molestias para provocar que esta noche ocurra algo entre él y yo. Algo que ambos llevamos meses evitando. Algo que no se si estoy dispuesta a que pase.

Mi cuerpo quiere, eso lo sé. Lo noto. Pero mi mente….. mi mente va por otro lado. Mi mente solo quiere esfumarse. Podría dejarme llevar sin más. Abandonar mi cuerpo sobre la cama con el precioso conjunto negro y mientras volar con mi mente a cualquier otro lugar.

Voy a darme una ducha, voy a ponerme ese sexy conjunto y voy a esperar a Marcos tomándome un copazo. Va a ser la única manera de dejar que ocurra. De estar relajada y de que no me importe sentir sus manos sobre mi piel.

Me quito la ropa y me dirijo al salón semi-desnuda y descalza. Enciendo el equipo de música y suena de pronto a gran volumen  key to the highway y la voz  de Eric Clapton inunda el salón y los pasillos de mi casa e inunda mi cuerpo y me dejo llevar por la cadencia de la melodía.

Estoy abstraída, estoy disfrutando moviendo mi cuerpo al ritmo de la música y no oigo como gira la llave de Marcos en la puerta ni oigo sus pasos al aproximarse. De pronto unas manos atrapan mis caderas y yo ya no puedo parar la lencería y Eric Clapton han desplegado su magia y Marcos hoy tendrá lo que quería…..

 

 

 

 

 

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“Los zapatos de Lourdes”

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“Tu no dejes escapar ninguna oportunidad”.

Las palabras de tía Carlota resuenan en mi conciencia como un salmo y me las repito a mi misma una y otra vez como una oración.

Sus palabras me han acompañado todas las vacaciones. Mientras preparaba el desayuno a los niños, mientras bajábamos a la playa, mientras jugaban con los primos y amigos de todos los años y yo leía, mientras me tomaba una cervecita fría con las madres de sus amigos. Mientras salía por las noches con las primas y ellos se quedan a buen recaudo con los abuelos. Mientras me quedaba mirando al infinito sin hacer nada, sin pensar, solo rezando, cual pirada, mi letanía del verano: “tu no dejes escapar ninguna oportunidad”. Este verano ha sido diferente sin Alonso, es mejor sin Alonso, con el no puedo hacer todas estas cosas.

Creo que en algún momento de estas vacaciones he conseguido dejar mi mente en blanco, difícil lo sé, pero lo he conseguido.

Pienso en Elena y todas esas oportunidades, vivencias y experiencias que ha dejado escapar,  todo eso que no ha vivido y está deseando vivir.

Pienso en las mías y entonces es cuando mi mente se queda en blanco, sufro algún tipo de colapso mental cuando trato de recordar  ciertas cosas, me bloqueo y mi cerebro deja de funcionar, así de simple. Estoy dotada de algún tipo de dispositivo de autodefensa que me impide recordar o pensar en ciertas cosas que me hacen daño. Soy feliz así, creo que soy feliz así, no sé si soy feliz así.

He salido casi todas las noches con las primas, mientras mis hijos se quedaban en el cine de verano, o mal-cenando con los primos, ¡!si lo viese su padre! pero  decidió no estar (te vendrá bien una temporada sola con los niños, “ni te lo imaginas”) y  yo soy una madre consentidora, fácil de convencer con un par de sonrisas y besos sobornadores. A cambio pude relajarme en lo chiringuitos mojito en mano.

Allí todo el mundo me conoce, de modo que no tengo ningún tipo de necesidad de arreglarme para salir, podría incluso salir en pareo  y bikini pero el decoro me lo impide. Estoy a gusto, me siento muy yo en chanclas, pese a que salía con mi prima Raquel que está recién separada y en pie de guerra cual adolescente con tetas nuevas y todas las armas de seducción masiva preparadas por si surge la oportunidad.

En estas vacaciones a mí la oportunidad me hubiese encontrado en chanclas y sin maquillar.

Durante mis vacaciones  he leído en una novela de esas ligeritas especialmente escritas para leer en la playa, que a los treinta y tantos años un hombre debe decidir qué cuerpo quiere tener. Probablemente me equivoque en la interpretación de la frase, pero viene a decir algo así como que a los treinta y tantos un hombre debe decidir si hace ejercicio o se deja llevar por la vida y deja a su cuerpo evolucionar a su antojo y libremente.

He de decir que no creo que esta frase sea un verdad absoluta ya que supongo que  viene  de la imaginación de un escritor de novelas y supongo que no tiene una base científica pero me dio pie a pensar en cómo nosotras, las mujeres y yo en concreto, decidimos varias veces a lo largo de nuestra vida, que tipo de zapatos llevar y esta decisión define esos momentos de nuestras vidas.

No tenemos poder sobre nuestro cuerpo, sometido a bruscos cambios hormonales, grasas mal distribuidas,  embarazos, lactancia, estrés, menopausia etc… Nosotras a cierta edad como dice una buena amiga, o nos ajamonamos o nos amojamamos, pero si podemos decidir si llevamos tacones de vértigo, bailarinas, zapatillas de deporte, zapato masculino o salones de princesa o chanclas y ahí es donde reside nuestro poder, lo que nos hace diferentes y lo que determina cada etapa de nuestra vida

Recuerdo que mi madre dejaba sus zapatos en un zapatero detrás de la puerta del baño y aprovechando las horas muertas esas que pasas en el baño investigando potingues, armaritos y demás secretos ocultos, yo me ponía los zapatos de mi madre,  pero solo los de tacón.

Tengo un especial recuerdo de unos de verano con tacón de madera y el talón al aire. El empeine de cuero marrón sujeto por tachuelas metálicas que me encantaban.  Hacían un ruido precioso al caminar y  eran los que más tacón tenían de todos los del zapatero de mi madre. Vérselos puestos me fascinaba, se convertía de repente en un gigante, en una señora impresionante y al caminar no podías dejar de mirarla ni de escuchar sus pasos con aquel precioso sonido.

Se transformaba en otra mujer, pasaba de ser nuestra madre a la señora espectacular que acompañaba a mi padre y a la que todo el mundo miraba al caminar.

Quería que me crecieran los pies para poder lucirlos igual que ella, que se ajustasen a mis pequeñas extremidades y aprender a caminar sin tropezarme aunque solo fuesen los escasos metros de nuestro baño.

Me crecieron los pies, bastante más que a mi madre por cierto, y con los pies todo mi cuerpo. En la adolescencia, esa edad tan mala, decidí que jamás llevaría tacones, supongo que la rebeldía propia de la edad hicieron que tomase esa estúpida decisión, también decidí que jamás me pintaría las uñas de rojo y las veo tecleando ahora mismo en un rojo vivo que asusta y fascina al mismo tiempo. Y me calce botas, zapatos masculinos, camperas, botines, etc.… pero siempre sin tacón.

En aquel momento era lo que tenía que calzar porque era lo que me definía, una rebelión como la que se produce en la adolescencia no se puede llevar a cabo subida en unos estiletos, ese correr para llegar a clase, esas aventuras clandestinas en los parques y bosques con el muchachito de turno, esas primeras borracheras, correr sin sentido con tus amigas cuando estas disfrutando, ese espíritu bohemio que a todas nos ataca a cierta edad, todo eso se hace mejor sin trastabillar por las calles.

Cuando me incorporé al mundo laboral, opté por mocasines y zapatos un poco mas femeninos pero sin tacón, sí que es verdad que atesoraba alguno para esos momentos especiales, bodas bautizos y fiestas supremas, pero me resultaban tan sumamente incómodos en mi día a día laboral, que apenas los usaba

Y fue precisamente la maternidad la que hizo que me subiese a unos tacones, primero por prescripción médica y luego  puro placer. Me dolía la espalda, me dolían los pies y el médico me recomendó cambiar la posición de mi espalda ya que con el embarazo cambiaba mi centro de gravedad y así lo hice. Con mucha torpeza,  me encaminaba todos los días a mi lugar de trabajo subida a mis tacones, embarazadísima y sintiéndome observada por la muchedumbre que ya veían en mi una mala madre con tacones.

No sentí el poder de los tacones hasta después del embarazo, estaba tan concentrada en mi dolor de espalda que no me di cuenta. Cuando recuperé mi vida y mi trabajo, que no mi persona, porque desde entonces muchos solo me conocían como “la madre de”, volví al zapato plano por pura comodidad, dejar al niño en la guardería, volver, salir corriendo para llegar pronto y encontrarme con su carita…pero había algo que no me terminaba de encajar en mi vida, no era realmente yo, era la madre de, mis zapatos me condicionaban.

Poco a poco y a medida que mi hijo fue creciendo, aumentaron los centímetros de mis tacones y como consecuencia mi estatura.

Mis zapatos empezaron a hacer ruido al caminar,  como los de mi madre, me hacía notar a mi llegada a los sitios, comencé a sentirme mucho mas femenina y segura subida en mis particulares andamios y si,  así fui escalando posiciones, no precisamente por llevar tacones, sino por sentirme segura, confiada y porque no, poderosa.

Hay mujeres que se sienten seguras y poderosas con un traje de chaqueta o con un blazer negro, otras adornándose con accesorios o joyas, lo mío son los zapatos.

…Pero  se acabaron las vacaciones y ya he vuelto a mis tacones y echo de menos mis chanclas, quiero mis chanclas otra vez, no quiero volver a la rutina de sentirme poderosa.

 

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Elena, Lunes 1 de septiembre

 

taza

El que sitúo la famosa cuesta en el mes de enero está claro que no tenía hijos en edad escolar. Para mi la cuesta llega en septiembre. Comprar libros, pagar matrículas, renovar el vestuario de la temporada. Las mellizas son un pozo sin fondo y lo peor de lo peor llegó cuando empezaron a opinar y a decidir que ponerse, que mochila comprar o como debían de ser las zapatillas de deporte. La pelea constante en las tiendas sobre el largo de las faldas, los vaqueros rotos etc etc, me dejaron un recuerdo bastante traumático el pasado septiembre así que este año decidí no participar de la fiesta y siguiendo el consejo de Marcos  les he dado vía libre y eso sí limitación económica para que sean ellas las que decidan. Que el cielo nos asista!!! que diría mi madre.

Esta mañana las he traído al centro, han quedado con algunas amigas para ir de compras y yo voy a intentar hacer mi segunda incursión en el mundo de la lencería, a ver si con el nuevo tono de piel made in Estepona soy capaz de entrar y salir del probador yo solita.

Avanzo por la calle y empiezo a sentir como los nervios se juntan en mi estómago. Tal vez debería de hacer caso a Lourdes y empezar por algo menos ambicioso. Pero…….no. Aquellos conjuntos eran preciosos y hace tantos años que no me compro algo tan bonito. Tengo que ser capaz. Voy a ser capaz.

Avanzo por la calle y ya veo el letrero de la tienda “Un péché charnel” y entonces se me ocurre algo que me asusta. “Me van a reconocer, fijo que me reconocen. Lo mismo hasta me han puesto un nombre, la loca del probador o algo así”. Y entonces sin pensarlo entro en la cafetería que hay justo frente a la tienda

La cafetería está vacía pero allí al fondo en una mesa hay un tipo tomando café.

Yo pido un poleo, adoro el olor a café  pero detesto sus sabor. Él bebe café con leche en uno de esos vasos transparentes de duralex y lo cierto es que ninguna de las dos opciones tiene el empaque del café solo.

Y es que con solo decir la frase “un tipo tomando café” ya puedes imaginar cómo era el susodicho, una especie de Indiana Jones urbano, fuerte y dulce a la vez y sobre todo muy hombre. Y ahora imagina a un tipo con un café con leche. Definitivamente no es igual. Tal vez… si pidiese un cortado….pero no, no es igual.

Bueno  a lo que iba. Que estaba yo con mi poleo y él con su café con leche y cada uno en nuestra mesa cuando nuestras miradas se cruzaron  y pude adivinar unos ojos verde aceituna que me hicieron volver a mirarle y  fué entonces cuando me fijé en esa cuidada barba de dos días que me hizo olvidar por completo el asunto del café con leche. Y nuestras miradas se cruzaron dos, tres, cuatro veces más y se mezclaron con sonrisas y medias sonrisas que definitivamente condenaron a Indi al más oscuro y lejano de los rincones de mi mente soñadora.

Así, que cuando pasó que los dos decidimos abandonar el local a la vez, él tras tomarse su café y yo sin terminar mi poleo y mi croissant, me preocupé de entretenerme lo suficiente para asegurarme que pudiese seguirme si así lo deseaba.

Y estaba yo en esas, mientras el pagada, bajando el escalón de la puerta de la cafetería con el pie suspendido en el aire como si la decisión de bajar o no fuese lo suficientemente importante como para necesitar ser meditada, cuando sentí la palma de una mano que supuse suya en el centro de mi espalda. En ese punto justo en el que ésta se arquea. Y oí una voz en la que se podía intuir un leve temblor que me decía “¿Me permite?”.

Y….. ¿eso es todo?, continua la pregunta desee, tienes muchas opciones, “me permites que te acompañe”, “me permites que te bese” “que te arranque el vestido”. Pero no. Eso fue todo “Me permites”.

Y bajé el escalón, y le permití, y le vi alejarse por la calle sin mirar una sola vez atrás.

Con un suspiro, me coloqué las gafas de sol y me dije a mi misma “olvídalo, tomaba café con leche” mientras cruzaba la calle decidida a comprar lencería digna del mismísimo Juan Valdez.

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Lourdes Lunes 1 de septiembre.

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Como todos los años, reservo una semana de mis vacaciones para ir a Santander a ver a mi familia.

Alonso ha decidido no acompañarnos, dice que tiene que trabajar. Pero yo sé los verdaderos motivos de su ausencia. No es la primera vez, y lejos de molestarme o preocuparme, disfruto de la soledad en compañía de mis hijos.

Esta semana es para mi sola, una semana de viejos amigos y viejas historias, es como volver al pasado.

Como todos los años por estas fechas, la tía Carlota celebra su cumpleaños.

La tía Carlota es de esas personas que presta extrema atención a los detalles y eso hace que cualquier cosa que tenga que ver con ella resulte deliciosa.

La invitación a su cena no llega por e-mail o whatsapp como viene siendo habitual. Ni siquiera con una correcta llamada telefónica. La invitación llega por correo en un bonito sobre lavanda y con una nota manuscrita en la que se me invita a la cena celebración con motivo de su 73 cumpleaños y en la que se ruega decoro al vestir a tan importante evento.

Esto último no lo entendí muy bien hasta que no llegué al restaurante ya que la nota también especificaba que se trataba de una cena informal de mujeres.

Las invitadas éramos todas las sobrinas de tía Carlota, menos mi hermana Mónica que hace unos años que no se habla con algunas de mis primas. En total nueve mujeres de variadas edades y formas de vida.

Estaba Marina, la mayor de todas, aunque sólo tiene un año más que yo. Ama de casa sufridora, madre sufridora, y a la que me extrañó ver alejada de su marido más de 500 metros.

Raquel tiene mi edad y con ella siempre he compartido veranos, confidencias y algún que otro ligue esporádico.

Nos siguen Lucia, Alba y Olga, las hermanísimas.

Las tres son hijas del tío Carlos, la oveja negra de la familia, y no pueden ser más distintas a su padre. Siempre tan apropiadas, tan correctas, tan rubias y con una vida de ensueño de puertas para afuera y que odian a mi hermana Mónica que en su momento dejo al descubierto la no tan perfecta vida de Olga.

Y por último las pequeñas Eva, Amalia y Beatriz. Y aquí es donde entendí el tema del decoro al vestir. Apenas han sobrepasado la mayoría de edad y están en ese momento de su vida en el que enseñar el tanga por encima de la cinturilla del vaquero metido con calzador es igual de apropiado para ir a la discoteca que para un concierto de cámara. Y os puedo asegurar que una velada con la tía Carlota es una auténtica mezcla de ambas cosas.

 

Antes de llegar a los postres las lenguas se soltaron y ante unas escandalizadas hermanísimas las pequeñas nos condujeron con sus preguntas a donde ellas querían. Todas dábamos nuestra opinión más o menos sincera sobre las relaciones y el sexo. Carlota sólo escuchaba y observaba hasta que Beatriz la más joven de aquel grupo, guiada un poco por el descaro y otro poco por el vino le preguntó a ella directamente cual había sido su mejor momento con un hombre.

Se hizo silencio en la mesa. Lucia y Alba reprendieron a Beatriz, la tía Carlota bebió de su copa de vino y Raquel y yo Rogamos porque nos hablara de ese momento. Se secó los labios con absoluta delicadeza, dejo la servilleta sobre la mesa y comenzó a hablar.

Tenía la edad de Raquel y mía y aún estaba casada con el tío Manuel cuando se cruzó en su vida Hugo.

Carlota trabajaba por aquel entonces en una empresa de cosmética francesa con sede en nuestro país. Recuerdo perfectamente aquella época porque todas las mujeres de la familia lucían estupendas  sin necesidad de gastar una fortuna gracias a su trabajo y Mónica, Raquel y yo teníamos cientos de pintalabios y sombras con las que jugar a ser mayores.

Pues bien. En uno de sus viajes a la ciudad de la luz, durante una aburrida reunión en la que se presentaban los resultados del semestre, Carlota, cruzó su mirada durante un breve instante con un joven alto, despeinado de ojos claros y barba de dos días, y un ligero escalofrío corrió por su nuca, así que cuando al terminar la reunión le propusieron ir a cenar a un restaurante cerca de Montmartre se aseguró de sentarse lejos de aquel joven pero en un lugar desde el que pudiese observarle con total naturalidad.

Aquella noche se conformó con sus ojos, y a la mañana siguiente después de llamar a Manuel para mitigar la culpa cambió su billete de vuelta y se preparó para pasar una semana  en París.

Dos días después Hugo y ella habían compartido cuatro de las cinco comidas diarias que el Ministerio de Educación recomienda. Sólo les faltaba desayunar.

Ella supo que Hugo acabada de separarse y él que Carlota lo haría si fuese valiente. Él le hablo de sus viajes y ella de su vida sencilla y de como por fin este trabajo le había dado la libertad que tanto ansiaba. Hablaron de música, de cine, compartieron secretos y una noche sin saber cómo se encontraron hablando de sus más íntimos deseos con una naturalidad poco común.

A estas alturas del relato habíamos terminado una quinta botella de vino y el restaurante ya estaba vacío. La tía Carlota detuvo su narración y con un elegante gesto llamó al camarero.

-Estoy a punto, el día en que cumplo 73 años, de revelar a mis nueve sobrinas mi gran aventura extra matrimonial. Le ruego nos permita fumar un cigarrillo.

El camarero nos miró a todas, una a una, y supongo que entendió que romper ese momento pidiéndonos que saliésemos  fuera a fumar era cruel, así que dio media vuelta y desapareció regresando instantes después con un cenicero.

Ninguna nos atrevíamos a hablar por miedo a romper aquel momento.

Nos contó como al final de aquella semana regresó a casa y cómo retomó con total naturalidad su rutina. Cómo cada vez que Hugo se cruzaba por su mente una sonrisa atravesaba sus labios y cómo le gustaba cerrar los ojos y recordar una y otra vez sus ojos claros y su pelo alborotado.

Nos contó cómo imaginaba su vida en París al lado de Hugo. Buscaba cualquier excusa para quedarse sola y poder soñar. Soñar con ese momento fugaz en el que había sentido cada milímetro de su piel.

Un par de meses después Hugo viajo a nuestra ciudad. Carlota quería verle. Pasó noches sin dormir, con los nervios instalados en el estómago pero a medida que  pensaba en un posible encuentro intuía que si éste se producía ya no habría marcha atrás. Aun así compró un vestido nuevo, puso especial atención a su maquillaje y eligió pensando en enseñarla su ropa interior.

Cuando Carlota llegó a la puerta del hotel en el que se alojaba Hugo, éste estaba en la recepción. Carlota le vio a través de la cristalera de la fachada. Entonces lo decidió. No entraría. Nada por muy perfecto que fuese podría ser mejor que el recuerdo de aquella semana en París.

Y allí nos dejó tía Carlota, con la boca abierta y el corazón en un puño.

Se excuso ante nosotras diciendo que ya era muy tarde para  una mujer de su edad, pago y me ofrecí para acompañarla a casa dando un paseo, quería saber mas de Hugo.

Hugo desapareció de su vida porque ella así lo quiso, pero en la puerta de  su casa mientras nos despedíamos me dijo:

-Tu no dejes escapar ninguna oportunidad.

Y ella no sabe que “mi Hugo”, mi oportunidad, ya se escapó.

 

 

 

 

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Elena Jueves 14 de Agosto

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Esta mañana al igual que ayer, anteayer y antes de antes de ayer he bajado sola a la playa. Mañana será diferente porque mañana estará Mónica conmigo.

Mónica es la hermana de Lourdes y una de mis amigas, aunque eso a Lourdes a veces le moleste un poco. Mónica es más joven que yo. Sólo tiene 33 años.

Es guapa. No, no es guapa, es muy guapa. Tiene los ojos de un verde mar de esos que hacen que los hombres naufraguen sin remedio. Creo que a todas nos da cierta envidia Mónica y su vida de adolescente con tetas enormes ( si, tiene unas tetas enormes ),su independencia, sus entradas y salidas, sus viajes improvisados, y todas esas anécdotas que nos cuenta con pelos y señales.

Ayer me mando un whatsapp “SOS . Aceptáis mascotas durante el puente”. No tardé ni dos segundos en contestar, lo cierto es que aquí me aburro mucho y la promesa de pensar en mi vida que le hice a Lourdes no está resultando.

“Aceptamos mascotas y a ti también”

No me ha hecho falta consultarlo con Marcos y las niñas. Marcos disfruta como un quinceañero cuando le ven al lado de Mónica por la urbanización y para las niñas  es una mezcla de guru-confesora-estilista-proveedora de tabaco y alguna cerveza. Que sí Mónica que sé que es así. Pero, ¿ sabes una cosa?. No me importa porque prefiero que seas tú y no cualquier capullo que a cambio de un cigarro o una copa les pida que hagan algo para lo que no están preparadas. Que son muy pequeñas Mónica aunque ellas se creen que lo saben todo….no saben nada de nada.

Y a mí Mónica me das la vida con tus historias. Siempre río contigo porque incluso cuando te salen mal, incluso cuando no consigues lo que quieres haces que suene divertido, como sí nunca sufrieses. Nunca excepto aquella vez. No te preocupes no voy a hablar de ello que sé que no te gusta.

A esta hora aun no hay casi nadie en la playa y para mí es el mejor momento pero mañana vendremos más tarde porque esta noche seguro que nos acostamos por la mañana.

Hace un rato ha llegado una pareja y se han colocado a mi lado, algo alejados pero lo suficientemente cerca como para oírlos al hablar. Creo que en realidad no son pareja, aunque el le ha mordido el labio a ella, se tratan con una cortesía impropia de dos que duermen juntos.

El es moreno con una cuidada barba , su cuerpo es fuerte aunque no es muy alto tiene la espalda ancha. Muy masculina. Ha extendido una toalla en la arena se ha quitado la camiseta y se ha metido en el agua.

Ella es bajita y de carnes abundantes. Ha desatado el pareo que cubría su cintura y se ha sentado sobre él. Ha sacado el móvil del bolso y solo un minuto después una sonrisa enorme ha llenado su cara cuando la he oído decir: Hola corazón ¿qué tal estás mi vida?. ¿Sí? pero que suerte tienes!!. Anda amor dile a papi que se ponga.

Ahora ya no sonríe igual. ¿qué tal? ¿qué tal se están portando? Ah genial!! Bueno pues te dejo que las chicas me están reclamando. Hablamos esta noche.

En ese momento el chico moreno, que a estas alturas ya está claro que como mucho es su amante, sale del agua.

El bañador se pega a su cuerpo y no puedo evitar que su anatomía llame mi atención.

Se acerca a ella sonriendo, se deja caer sobre su cuerpo y le dice: “sólo hay dos sitios dentro de los cuales podría estar siempre: el mar y tu”.

Y ella le mira entre asustada y llena de deseo y yo también le miro entre muerta de envidia y llena de tristeza.

 

 

 

 

 

 

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Lourdes Jueves 31 de julio

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El plan era perfecto pese a la dificultad, juntarnos para vernos antes de las vacaciones, beber, reír, hablar, sobre todo hablar y bailar porque a las mujeres nos encanta bailar.

Era un plan únicamente de chicas, sin pareja, sin niños. Un pequeño desahogo antes de empezar a hacer maletas y encerrarnos en un hotel, apartamento o casa del pueblo con toda la familia. De alguna manera, en aquellos encuentros volvíamos al pasado, a cuando estábamos en el instituto, libres, sin ataduras, sin preocupaciones y sin hora de vuelta.

Después de casi un mes hablándolo, habíamos encontrado un día en el que todas podíamos salir, todas menos Elena que no se sentía con ánimo de hacer nada, pese a mi insistencia. Por mi parte, había conseguido zafarme de un compromiso familiar, convencer a Alonso de que se quedase con los niños, porque yo aquella noche salía con mis amigas después de meses sin hacerlo.

Ya me había  depilado, exfoliado e hidratado de arriba abajo.

Pero el plan fallo justo cuando mi cerebro ya estaba disfrutando de la dulce sensación de fingida libertad de una noche de chicas, el plan fallo  cuando yo ya estaba casi preparada para salir, con la toalla en la cabeza y a medio maquillar y uno tras otro fueron apareciendo los mensajes con excusas absurdas: “tengo al pequeño con fiebre”, “he discutido con mi marido”, “no me encuentro muy bien”, “mejor lo dejamos para otro día”…

Me quedé sin fuerzas frente a  la pantalla del móvil pensando ¿por qué no son sinceras con ellas mismas y con los demás y reconocen que es puro conformismo lo que las lleva a quedarse en casa un sábado por la noche?

El teléfono vibra de nuevo en mis manos y la dichosa bolita verde anuncia que un nuevo mensaje ha llegado, ya no queda nadie por decir que no puede, “¿alguien se habrá arrepentido?”. Lo abro con desgana, mi ilusión y euforia inicial se han esfumado por el desagüe junto con los pelos de mis piernas, pero para mi sorpresa es un mensaje de Berto.

No lo dudo ni un segundo, ya no necesito tanto maquillaje, ni voy a ponerme los tacones de vértigo, una camiseta, vaqueros y en 10 minutos estoy cogiendo un taxi. Hoy no podría haberme quedado en casa.

Berto me espera en su portal y yo me lanzo a sus brazos como un naufrago a un bote salvavidas.

Subimos a su casa, durante la primera hora nos quitamos las palabras de la boca sin parar, bebemos y fumamos en la misma proporción.

Cuando llegamos a la parte de sus conquistas me quito la alianza, se siente incomodo si piensa que habla con mi nuevo yo, la mujer casada y madre de familia en lugar de  con su colega  de toda la vida. Seguimos fumando y bebiendo, a estas alturas yo ya estoy descalza y a punto de confesar que mis amigas me han dejado tirada esta noche que tanto tiempo llevaba esperando y que las guardo un infantil rencor por ello, pero Berto, sabe que algo me ocurre.

Él lo sabe todo de mí. Sabe cómo me gusta el café, sabe que necesito silencio por la mañana y un vaso de agua antes de dormir, sabe donde se quedan acumulados esos donuts que a veces me como  en el coche de camino a recoger a los niños. Sabe qué me hace llorar, qué reír, sabe donde si sitúan y como llegaron allí cada una de las cicatrices que hay en mi piel y en mi alma y sabe que hoy, algo me pasa.

-¿Quieres contármelo?

Es una pregunta absurda, claro que quiero contárselo y se lo cuento.

Le hablo de como noto y siento que la vida y las circunstancias me han cambiado, como poco a poco y sin darme cuenta me veo inmersa en esa vida de  mayores que juramos y prometimos no involucrarnos jamás. Le cuento que mi vida a veces es una olla a presión que necesita una vía de escape y de cómo esta noche quería recuperar un poquito de mi antiguo yo y como mis amigas  hoy me han fallado.

Berto no habla, solo fuma y me escucha. Cuando termino de hablar se levanta y se pierde por el pasillo. Yo espero sentada en el suelo de su salón limpiándome las lágrimas con las mangas de mi camiseta. Oigo como revuelve en algún cajón y le veo regresar  con una foto en una mano y un espejo en la otra. Se sienta a mi lado y pone ante mi la foto y el espejo.

 

-Mira esta foto- me dice- tenias 25 años y estabas preciosa con aquel vestido. Tienes los ojos rojos porque aquel día llorabas sin parar. Tu vida estaba cambiando y echabas tanto de menos a tu yo anterior que decías que te faltaba el aire. Ahora mirate en el espejo, eres la misma. Los mismos ojos rojos y sigues siendo igual de preciosa. Esa chica de 25 años está ahí con la de 15  y con todas las que has sido y serás.

Miro la foto, mi reflejo en el espejo y miro a Berto con su cálida sonrisa infantil de siempre que me transporta a otra época, a otra etapa de mi vida y mientras le miro pienso: “No se si alguna vez te rompí el corazón, si así fue, quiero que sepas que siempre tuviste el mío de repuesto”, pero no se lo digo.

Solo hablamos una vez de esto, hace muchos años. Me acompañaba  por esa calle solitaria, oscura y lúgubre que separaba mi casa  de entonces del metro y que nunca permitía que recorriese sola si salía con él. Caminábamos despacio por el trayecto que habitualmente yo hacía corriendo como una estrella fugaz, pero con Berto, ir de un sitio a otro siempre es un paseo.

Paseando  con Berto, hablando de esas cosas que en aquella época pensábamos que solo a nosotros nos inquietaban, esas que solo él y yo entendíamos, ese universo invulnerable de confianza y seguridad que siempre sentía a su lado amenazó con venirse abajo cuando me invitó a imaginar que pasaría si se enamorase de mi. Las pocas farolas que iluminaban mi calle se apagaron de repente para mí y solo ellas y las casas cerradas fueron testigos de aquella conversación. Con la firmeza y convicción de mis dieciséis años le dije que eso no podía pasar y le hice  jurar y prometer que  si alguna vez ocurriese, nunca me lo diría y nunca volveríamos a hablar de aquello.

Paseando con Berto descubrí que era capaz de todo, paseando despacio soñé lo que podía llegar a ser, paseando con él imaginamos cuentos  que luego escribimos. Juntos descubrimos el significado de la amistad e inventamos un universo nuevo en el que solo él y yo habitábamos y le pusimos nombre de letra griega. Era el refugio antinuclear a todas esas guerras que nos asediaban.

En nuestro refugio, leíamos canciones, me dibujó con los ojos cerrados porque siempre iba despistada, me esperó porque siempre llegaba tarde, le acogí en mi habitación cuando no podía estudiar en la suya y me acompañó al fin del mundo donde había olvidado la cabeza.

Berto siempre encuentra mi cabeza perdida y yo guardo mi corazón por si el suyo se rompe.

 

 

 

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Elena Jueves 31 de Julio

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Después del episodio del probador le prometí a Lourdes que intentaría disfrutar de las vacaciones, que sacaría tiempo en la playa para pensar que quiero que ocurra en mi vida y que dejaría de usar esos horribles sujetadores.

Así que aquí estoy sentada en mi cama intentando conseguir la fuerza suficiente para sacar las maletas y empezar a llenarlas.

Siempre he odiado hacer las maletas y creo que es porque nunca he podido dedicar tiempo a pensar que llevarme, a preparar los conjuntos que me pondré cada noche o a añadir los complementos adecuados. Tener que preparar las maletas de las niñas y la de Marcos ha impedido que sea así y que al final me limite a volcar en la mía el contenido de un par de cajones y punto.

Esta vez voy a hacerlo bien. Las niñas han crecido y aunque sé que voy a arrepentirme de esto dejaré que sean ellas las que decidan con que ropa ir semi-desnudas este verano.

Necesito una maleta grande y un porta-trajes para colocar algunos de mis vestidos. Creo recordar que hay uno en el trastero. Cojo las llaves y bajo los escalones con una agilidad que hasta a mí me asombra.

A pesar del desorden que reina en la pequeña habitación compruebo que no me había equivocado y que allí está el porta-trajes que necesito. Salto por encima de un par de cajas para poder alcanzarlo y entonces lo veo allí arrugado y sucio. Mi vestido de novia.

No puedo evitar agarrarlo, me siento en una caja abrazada a toda aquella preciosa tela color blanco roto y lejos de recordar el día de mi boda como era de esperar, empiezan a llegar a mi mente los recuerdos de la mañana en la que me probé aquel vestido ante mi madre y mi suegra.

Aquella mañana yo llegaba tarde a mi cita y aun así caminé todo lo despacio que el decoro me permitió. Me sentí atropellada por todos los no-paseantes que iban con prisa a ninguna parte, me sentía muy rara caminando despacio a mi cita, esa cita que ya no podía posponer durante más tiempo y para la que ya no tenía más excusas.

Había elegido mi vestido de novia yo sola, sin amigas que me acompañasen, sin mi madre que diese el visto bueno, sin nadie que contaminase la elección de lo único que podía elegir para el día de mi boda. Era sencillo y elegante sin apenas adornos, pero sin dejar de ser un vestido de novia de las de siempre.

Con mi elección esperaba no defraudar a nadie, pero sobretodo trataba de ocultar aquella barriga incriminatoria.

Cuando por fin llegué, tarde, pero llegué, me esperaban mi madre y mi suegra en la puerta de la tienda. Distinguidas, altivas, manteniendo las formas y una aparentemente cordial conversación de consuegras, aunque estaba claro que no se soportaban desde el primer momento. Pero aquel día, en algo estaban de acuerdo: llegaba tarde y a la modista no se la puede hacer esperar.

Desde el primer instante y tras los corteses besos, abrazos y reproches por no ser puntual, supe que aquello no iba a salir bien, podía verlo en sus caras, podía sentir la desconfianza y el recelo es sus ojos, no haber contado con ellas en la elección de mi vestido me condenaba a sus críticas, su mala relación me haría participe de una discusión para la que me había preparado a conciencia pero que no me apetecía escuchar.

No había vuelta atrás, el vestido ya estaba elegido y solo quedaban quince días para mi boda, no había tiempo para cambios, tendrían que conformarse con mi elección, les gustase o no.

-¿Estas nerviosa?- dijo mi madre mientras entrelazaba su brazo con el mío cariñosamente.

-Es normal que estés nerviosa, todas las novias lo están, pero no te preocupes todo va a salir bien- dijo mi suegra mientras entrelazaba su brazo con mi otro brazo, de modo que quedé esposada e inmovilizada y sin posibilidad de responder.

-Estoy deseando ver el vestido, cariño, seguro que has hecho una buena elección- cambio de tercio mi madre. Pero yo sabía que de ninguna manera estaba segura de que yo hubiese hecho una buena elección. Sabía que mi vestido frustraría su anhelo de verme elegante, distinguida y estilosa.

-Seguro que estas guapísima, como una princesa- continúo mi suegra, sin dejar terminar a mi madre.

La tienda tenía cuatro plantas, la primera de exposición, con los mejores trajes de novia de la colección, la segunda para madrinas y acompañamiento, la tercera para los novios y en la cuarta era donde se hacían las pruebas y ajustes de los vestidos.

Para llegar a la cuarta planta con dos señoras que competían hasta por el alto de sus tacones había que coger un ascensor y aquel pretendía mantener el aspecto tradicional y vintage de la tienda, pero yo solo veía un ascensor viejo y trasnochado, por el que no parecía haber pasado el servicio de mantenimiento en años.

Me empezaba a faltar la respiración y podía sentir sus dedos como garras de águila clavados en mis brazos, cada una tirando para un lado, las dos intentando captar mi atención a toda costa.

El ascensor no terminaba de llegar y yo ya había dejado de escuchar, no estaba allí.

Una mujer con dificultad para caminar pese a que no parecía muy mayor, se unió a nosotras para esperar el ascensor.

-Buenas tardes-dijo

-Hola buenas tardes-conseguí decir yo. Eran las primeras palabras que salían de mi boca y eran para una desconocida, que me miraba con una sonrisa traviesa y consiguió que los musculo de mi cara reaccionaran e hicieran el amago de una sonrisa educada.

Por fin llegó el maldito ascensor, era bastante grande para cuatro mujeres, con un inmenso espejo en el fondo que aumentaba la sensación de amplitud y del cual hicimos buena cuenta todas, repasando nuestro propio atuendo, peinado, maquillaje y con mucho disimulo algunas repasaron también el aspecto de las otras.

Los fluorescentes parpadearon una milésima de segundo justo cuando mi madre apretó el botón que indicaba la cuarta planta. Ni se movió. Mi suegra alardeando de unas manos más habituadas a los artilugios electrónicos apretó insistentemente siete y hasta nueve veces el botón de la cuarta planta. El ascensor se cerró, subió unos metros, o eso parecía desde dentro, y los fluorescentes volvieron a parpadear y se apagaron pero esta vez no fueron unas milésimas de segundo, sino minutos enteros, con todos sus sesenta segundos incluidos, que parecieron días.

Estábamos a oscuras y definitivamente encerradas, atascadas e inmóviles en aquel cubículo que ahora parecía diminuto sin la ilusión óptica que concedía el espejo.

Mi madre y mi suegra comenzaron a gritar desesperadas, intente mantener la calma e ir a lo práctico, soy mucho más joven y más habituada a las nuevas tecnologías, de modo que esta vez fui yo la que hizo alarde de mis conocimientos tecnológicos y aporree todos los botones insistentemente siete, nueve y hasta veinte veces sin resultado.

Estaba sudando y me faltaba la respiración, aquello no podía estar sucediendo: encerrada con una suegra que me odiaba, que creía que había tratado de cazar a su hijo quedándome embarazada, la ladrona del amor de su único vástago, ñoña y mosquita muerta. Por otro lado mi madre, la encargada de minar mi autoestima desde que era una niña, que no dejaba de preguntarme desde que les contamos lo del embarazo cómo había sido tan tonta de echar a perder mi futuro de ese modo y por ultimo una perfecta desconocida bastón en mano, que como siguiésemos gritando, podría liarse a bastonazos con el resto.

La esperanza llego en modo luminoso, las luces parpadearon de nuevo y alguien grito desde el exterior:

-No se preocupen, ha sido un apagón de luz y ya está restablecido el sistema, los bomberos están en camino, están atascadas entre dos pisos y no podemos sacarlas. ¿Se encuentran todas bien?- dijo la voz

No nos dio tiempo a contestar a su pregunta cuando mi suegra explotó.

-Ya sabía yo que este sitio no era adecuado, eso me pasa por fiarme de vosotras, traerme a este sitio. ¿Ves lo que ha pasado?- Me grito totalmente despeinada y fuera de sí.

-Ha sido solo un apagón, saldremos pronto- traté de tranquilizarla intentando mantener la calma.

-Solo un apagón, ¿qué sabrás tú? Tan lista que eres- su tono subía por momentos.

-No hables así a mi hija- ahora era mi madre la que estaba fuera de sí- ella es la que renuncia a su futuro, ella tenía muy claro lo que quería y ahora….

-Sí. Sí que sabía lo que quería ya quedó claro con su despiste.

-¿Y tu hijo? ¿Acaso el no participó también de aquello?

-No me hagas hablar. No me hagas hablar.

No sabía dónde meterme. No podía huir. Casi no podía moverme. No había escapatoria, tenía que escuchar todos aquellos reproches estoicamente, manteniendo la calma, porque yo estaba segura de lo que hacía ¿o no? Mi amor por Marcos estaba por encima de nuestras familias ¿o no?, además estaba claro que nosotros queríamos casarnos algún día. Y qué, si ese algún día se había convertido en el 17 de septiembre de aquel mismo año.

No soportaba más los gritos de mi madre y mi suegra, enzarzadas en una discusión en la que yo ya no formaba parte y que curiosamente ya no iba conmigo. .

Sentí un golpe seco en la pierna, justo a la altura de la espinilla que me hizo volver a la realidad. Aquella señora desconocida que soportaba resignada la bronca entre mi madre y mi suegra, me había dado un bastonazo en la pierna. Así sin más. Sin venir a cuento. ¿Estaría perdiendo la razón encerrada allí, escuchando gritos de unas desconocidas? ¿Le estaría faltando el oxígeno?

Me quede mirando a aquella mujer, preguntando con la mirada, el porqué de aquella agresión. Se debía a un descuido o era pura maldad.

La mujer me miró con la sonrisa pícara que ya conocía y me dijo:

-¿No piensas hacer nada?

-No puedo hacer nada. Siempre están así- conteste resignada y a continuación pregunte- ¿Me ha dado con el bastón? ¿Por qué?

– No me refiero a eso, me refiero a haber abandonado tus sueños, tu vida de casada. ¿Vas a estar toda la vida complaciendo a los demás? Eres muy joven, ¿estas segura?

¿Me estaba leyendo el pensamiento?. Miré al inmenso espejo que nos rodeaba en busca de alguna señal en mi cara que delatase mis emociones.

-Tú no estás segura. Si estuvieses segura no permitirías que estas dos mujeres discutiesen de esta forma.

-Sí, bueno… -no quería mentir- no lo sé- confesé- Pero…¿Por qué cree que no estoy segura?.

-Tú no quieres esa vida

Aquella conversación, pese a la estrechez del ascensor, era solo nuestra. Nadie nos escuchaba, estaban tan concentradas en su disputa que si en aquel momento se hubiese puesto en marcha el ascensor no se hubiesen dado cuenta.

-¿Por qué haces esto si no es lo que quieres?. Preguntó

Mire al techo intentando encontrar respuestas y recibí otro bastonazo en la pierna.

-Porque es lo que se espera de mí, porque es lo que se supone que debo hacer, porque me equivoqué…

– Elige tu camino, piensa qué es lo que quieres tú, qué esperas de ti misma. ¿Recuerdas cómo imaginabas de pequeña que sería tu vida de mayor?. ¿Es acaso esto lo que veías?

-No, no era esto-dije con tristeza.

-Espabila preciosa, se valiente, tienes toda la vida por delante y un montón de cosas por hacer.- dijo mirándome fijamente y sellando aquella afirmación con un nuevo bastonazo en mi espinilla.

Pero aquel día no fui valiente. Me probé el vestido de novia que ahora sostengo en mi regazo y dejé que las cosas pasasen.

Marcos nunca supo lo que había ocurrido en aquel ascensor.

 

 

 

 

 

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