Lourdes martes 29 de Julio

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He salido corriendo de la horripilante oficina enmoquetada londinense. Es gris, húmeda y antigua, con pretensiones modernistas y siempre que voy temo que la grisedumbre me atrape y me convierta en una persona gris y hortera como mis compañeros británicos.

No digo que los británicos sean grises y horteras, todos no, pero los de mi oficina si. Sin excepción, son unos seres extraños, grises y muy muy horteras y la oficina no es más que un reflejo de lo que hay dentro.

He mentido y he dicho que mi vuelo salía a las 13:00 cuando en realidad salía a las 14:00 con un poco de suerte, si todo va bien y con la diferencia horaria, estaré en Madrid a las 17:00 y tengo un plan.

 

No puedo decir si la reunión trimestral ha ido bien o mal, no puedo hacer balance ni de mi presentación ni de la de los demás, estaba allí, pero todo ha ocurrido como en un sueño, como si no hubiese estado, me he metido en mi papel, pero mi mente estaba totalmente ausente. De forma mecánica he hablado de lo mismo de siempre, he escuchado las mismas preguntas de siempre, las mismas quejas, tengo mi papel más que aprendido y puedo permitirme el lujo de ausentar mi mente, a ver si aprendo a “ausentar” mi cuerpo también y así me ausento del todo.

 

Ya en el aeropuerto, he encendido por fin un cigarro. No tengo el vicio de fumar, pero me encanta la clandestinidad, saber que está prohibido y aun así hacerlo. Saltarme ciertas reglas me hace sentir poderosa.

 

He llamado a Alonso desde la sala de embarque y no solo le he contado mi plan, sino que además le he pedido ayuda. Una ayuda emocional y logística más que otra cosa, pero en este caso necesitaba oírlo.

– Me quede preocupada con lo de Elena y cómo voy a llegar más o menos temprano, me gustaría pasar a verla y que me cuente….y llegaré tarde a casa.

– Claro, no te preocupes- ha dicho- coge un taxi y que te lleve, yo me ocupo de los niños, tomate el tiempo que necesites.

Tanta amabilidad……. pero como en este caso se trata de “ser más sensible”… No sé de qué me sorprendo a estas alturas, también tiene muy bien aprendido su papel de esposo y padre abnegado y hace todo lo posible para que yo me sienta bien.

  

Nada más entrar en Peche charnel, tengo una sensación extraña. Soy consciente de que todo el mundo me mira, “¿me están esperando?, ¿Tan extraño es entrar en una tienda arrastrando una maleta?”.

Siempre me sorprende la decoración de estas tiendas. Todas las braguitas colgadas perfectamente, ordenadas por colores y modelos, queda todo tan bonito en los maniquíes y colgado en sus perchitas. Suelo comprar aquí, pero me resulta un tanto extraño que Elena también lo haga, no es su estilo.

Una dependienta jovencísima y monísima se acerca a mí y me dice señalando en dirección a los probadores.- está en el segundo.

-Gracias- digo muy confusa ¿por qué saben que soy yo?, ciertamente me estaban esperando.

-Si quiere le podemos guardar la maleta en caja, estará más cómoda- dice la dependienta intentado agarrar el asa de mi trolley.

-No gracias, prefiero llevarla conmigo.

Me dirijo al fondo de la tienda con paso firme. Me encanta el sonido que estos tacones hacen en el suelo de madera de esta tienda.

Llamo a la puerta del probador y segundos después escucho el sonido de la cerradura al desbloquearse.

Elena está sentada en el suelo en una esquina del probador, la cabeza entre las piernas, el pelo enmarañado y semidesnuda, aun lleva puestos sus pantalones pero en la parte superior solo el sujetador que se estaba probando de precioso encaje negro. Me siento a su lado e intento que separe sus manos de la cara. Tiene los ojos rojos de llorar y su rostro refleja miedo, mucho miedo, está aterrorizada. No sé si sabré hacer esto, no sé qué decir, pero tengo que hacerlo.

-Elena. Elena, soy yo, ya esta, estoy aquí- le digo suavemente mientras cojo sus manos entre las mías.

Gracias por venir Lu- me dice mientras sus ojos se llenan de lágrimas y sin querer aparecen en mi mente las imágenes de Superwoman derrotada y una capa que ya no vuela.

Enciendo un cigarro, sé que no se puede fumar, pero ya estamos llamando bastante la atención y sé que a Elena también le gusta esa clandestinidad de hacer algo prohibido.

Poco a poco comienza a tranquilizarse, cesan los sollozos y empieza a explicarme como se siente mientras nos vamos pasando el cigarro. Y yo ya lo sabía, sabía lo que me iba a contar, conozco como se siente, lo he sabido siempre. Sé que está pensando cuando me cuenta que su vida no tiene sentido, que no se siente realizada que está harta de ser madre y ocuparse de los demás, que no sabe qué hacer, que se aburre y no quiere continuar.

Hago que se vista, ya está mucho más tranquila, saco mi neceser de la maleta y arreglo su cara con una toallita húmeda, le borro los churretes negros de alrededor de sus ojos apenas maquillados y peino su pelo, aprovecho para rociar el probador con un poco de perfume. Damos las gracias a las dependientas que nos miran estupefactas y salimos a la calle donde un golpe de calor nos recuerda que estamos en Julio y apenas quedan unos días para coger vacaciones.

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Elena, martes 29 de julio

MIRACLES ROOM

Oigo el despertador entre sueños, me levanto aun con los ojos cerrados lo que hace que choque con la puerta de baño. Pero hoy no voy a enfadarme, hoy voy a ser feliz.

Anoche en la cama recordé un libro que me había prestado Vicky hace tiempo y que nunca le devolví. Cuestión de elegancia se llama. La protagonista atraviesa una crisis personal y empieza a cambiar cambiando su ropa. Así que decidí que hoy voy a hacer un tremendo esfuerzo y voy a arreglarme para ir a la oficina tacones incluidos aunque sé que de esta decisión seguro que me arrepiento.

He elegido la ropa, un vestido de tejido suave y estampado de flores que se pega a mis muslos al caminar, una rebeca de un vistoso color amarillo y unas sandalias de tacón. Me he maquillado y mientras lo hacía me he dado cuenta de que mi piel no es la de una mujer mayor, mi piel es joven, sólo tengo 36 años y aunque me siento mayor no lo soy.

Invertir tiempo en mí por la mañana ha hecho que no tenga tiempo para preparar el desayuno a las niñas ni para supervisar la ropa que llevaran a sus clases de recuperación pero me da igual.

Marcos también se ha despertado ya y desayuna en calzoncillos y camiseta antes de entrar en la ducha. Le miró desde el quicio de la puerta de la cocina, el pelo revuelto y los ojos fijos en la ventana. Está tan lejos ahora, me gustaría poder viajar con la mirada a ese fascinante lugar en el que parece estar su mente y darle la mano y sentir esas mariposas de las que todo el mundo habla.

Él ni siquiera me ve. Cuento cinco mentalmente y me digo que antes de que termine de contar Marcos se dará la vuelta y clavara su vista en mí. Me sonreirá y me dirá lo guapa que estoy sin necesidad de palabras. Pero no ocurre así. Cuento cinco y otros cinco y decido salir de casa pensando que Marcos no quiere verme. Si Pudiese ver lo que está ocurriendo ahora a través de la ventana vería como una lágrima brota de su ojo derecho y como la seca rápidamente cuando oye que las gemelas se aproximan.

Bajo a la calle y paro un taxi, no quiero llevar el coche a la oficina hoy, cuando terminen mis cuatro ridículas horas de trabajo iré de compras por el centro. Quiero ropa nueva, quiero lencería que lo que tengo ahora son bragas y sujetadores y no, yo quiero lencería, seda y encajes. Quiero una colonia nueva, un bolso nuevo y tal vez hasta vaya a una de esas modernas peluquerías  y consiga un nuevo peinado, una nueva yo, una nueva vida.

Estoy perdida en mis pensamientos y el taxi ya ha llegado a la dirección que le he dado. No quiero bajarme de él en la puerta de mi oficina y que alguien pueda verme, me da vergüenza, así que le he dado al taxista una dirección a dos manzanas de mi destino real. Ya no se puede ser más ridícula.

La mañana en la oficina se hace eterna, son sólo cuatro horas pero parecen cuatrocientas. No suelo hablar mucho con mis compañeros, lo justo y necesario. Trabajo en la recepción, me encargo de coger llamadas, distribuir el correo y organizar las salas para las reuniones. Soy esa chica de la sonrisa forzada y los auriculares que hay en casi todos los edificios de esta manzana.

No paro de mirar el reloj una y otra vez. Contesto la centralita de forma automática. Y por fin la hora de salir. Doy el relevo a la chica de la tarde. A ella no la juzgan por trabajar media jornada. Es estudiante.

Salgo a la calle con una sonrisa dispuesta a gastar y cambiar.

Camino decidida, con paso firme. A esta hora ya está claro que las sandalias de tacón han sido una pésima idea. La primera compra son unos cómodos zapatos, unas bailarinas de suave piel. El dependiente no creo que llegue a los 20 años, lleva el pelo con uno de esos raros cortes que parece una obra arquitectónica, y más metal en la cara que “Terminator”, aros de todos los tamaños y colores. Me pregunto si se los quitará para dormir. Es imposible que pueda dormir boca abajo. Espero que las niñas no decidan perforarse.

La siguiente parada es la tienda de lencería. Cuando llego a la puerta lleno mis pulmones de aire antes de empujarla. Hace siglos que no entro en una tienda de estas. Aunque me avergüence confesarlo llevo años comprando las bragas y sujetadores en Carrefour. Packs de 6 algodón y lycra en negro, blanco y topo. Así es mi ropa interior. Triste y aburrida, igual que mi vida exterior.

Ojeo algunos conjuntos, miro los precios, bastantes más altos que mis packs de 6 pero creo que debo hacerlo. Elijo tres sujetadores, todos con encaje uno blanco otro negro y un tercero con un bonito estampado de rosas rojas. Entro en el probador rápidamente, antes de que la dependienta pueda ofrecerse a ayudarme. Es posible que no haya acertado con las tallas pero no me encuentro con fuerzas para interactuar con nadie. Gracias a dios el probador tiene puerta con cerrojo. No soporto esos probadores de cortina en los que las miradas indiscretas juzgan las imperfecciones de cuerpos como el mío.

Empiezo a desnudarme, y empiezo a temblar, los ojos se me humedecen y soy consciente de que no voy a ser capaz, ahora sí que me alegro de que el probador tenga puerta y cerrojo. Me siento en el suelo, y me derrumbo.

No sé cuánto tiempo llevo llorando cuando el móvil empieza a vibrar dentro de mi bolso y hace que éste se desplace en la minúscula banqueta cuya utilidad no alcanzo a comprender,¿ a quién coño le cabe el culo en esa mini banqueta?. Miro la pantalla y gracias al cielo es Lu.

Me cuesta contestar, tengo las manos mojadas por las lágrimas y no logro manejar la pantalla táctil. Rezo para que Lu no cuelgue, si lo hace es probable que ya no pueda localizarla. Por fin consigo desplazar los dedos por la pantalla y oigo su voz firme y melodiosa.

-Lourdes no puedo moverme-. Es todo lo que acierto a decir.

-¿Pero dónde estás?, Elena ¿ estás en casa?¿ Dónde estás Elena?.

No recuerdo el nombre de la tienda, no recuerdo la calle ni recuerdo como he llegado aquí. Veo los tres sujetadores que cogí para probarme tirados en el suelo y veo la etiqueta con el nombre de la tienda.

-“Un péché charnel”, estoy en un “péché charnel”-. Y me pregunto que querrán decir esas tres palabras

-No te muevas de ahí Elena-. Lu cuelga el teléfono y yo vuelvo a llorar ahora sin importarme si alguien desde fuera del probador me oye, ya no me contengo, ya no necesito hacerlo Lourdes va a ayudarme.

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Lourdes 28 de Julio (3)

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No sé si debería llamar a Elena o mandarla un mail, un whastapp o algo. Pienso mientras saco mi precioso camisón lencero de la maleta.

Tendría que usar otro tipo de atuendo para dormir, me lo digo a mi misma constantemente pero me encanta dormir sintiéndome muy sexy. En realidad me encanta sentirme sexy siempre, pero ¿que pasaría si se produce un incendio, evacuan el hotel y tengo que salir así a la calle, semidesnuda, con mis transparencias y medio culo fuera?.

En casa me pasa tres cuarto de lo mismo, no sé si porque Alonso se ha acostumbrado a verme así o porque no le pongo nada, pero no le causa ninguna impresión ni sensación verme con ese tipo de prendas que a mí me encantan y me hacen sentir muy mujer. Supongo que de alguna manera trato de compensar mi actividad laboral puramente masculina con mi aspecto físico y mi actitud mucho más femenina.

Me estoy distrayendo.

“¿Escribo a Elena? ¿Me disculpo? “ pienso, mientras me quito de la cara los restos de maquillaje y lo que queda de Sra.Ferrer. No son horas de llamar, pero podría escribirle y decirle que lo siento y que me cuente que le está pasando. Podría escribir a las chicas y contárselo pero si Elena ha recurrido a mí a lo mejor no se lo ha contado a las demás y no quiere que lo sepan.

Hay algo de lo que me arrepiento ahora. En medio de un coffee-break he llamado a casa para decir que había llegado y saludar a mis niños y se lo he contado a Alonso, no debería haberlo hecho, pero tenía que contárselo a alguien, le he que quitado un poco de hierro al asunto pero aun así Alonso me ha recriminado no haberla podido ayudar, no haber sido “mas sensible”.

– Deberías haber quedado con ella, tenias tiempo hasta que has ido al aeropuerto- me ha dicho

– Pues no, no tenia tiempo, no te imaginas…. -no me deja acabar la frase

– Ella siempre os ayuda a todas, llámala!!-

– No. No puedo llamarla ahora-respondo.

– ¿Por qué no puedes?, me estas llamando a mí

– Estoy llamando a mis hijos- aclaro y se que ese es un golpe bajo

– Tendrías que haber sido más sensible con ella, como siempre te falta ese puntido de sensibilidad que solo tienes con los niños, ni siquiera conmigo- me reprocha sin ningún tipo de pudor.

La conversación está rozando el límite de ponerme triste y de muy mal humor, esto no me gusta.

– Oye, te tengo que dejar, estaba en un descanso y tengo que volver- miento

– Ya…- sabe que es mentira

– Os quiero mucho- digo como si esa frase fuese a borrar el resto de la conversación

– Ya… nosotros también.

Fin de la conversación e incremento de mi sensación de malestar.

Pon fin sola en la enmoquetada habitación de mi hotel londinense, enciendo el ordenador e intento fumarme un cigarro en la ventana, pero es una habitación de no fumadores y la ventana no se abre solo una rendija para ventilar la habitación, que no me da para fumar y no me apetece bajar a la calle y quitarme mi súper-sexy camisón.

Ya dentro de la cama y sin poder fumar tranquilamente, por miedo a que el humo salte las alarmas anti-incendios y evacuen el hotel, me dispongo a enviarla un e-mail diciendo algo a Elena, aun no sé el que.

Tengo la bandeja de entrada llena de correos sin responder y no puedo evitar leer alguno de ellos y responder, cuando me quiero dar cuenta son las 3:00 de la mañana y tengo que volver a la oficina a las 7:30. Decido dormir sin enviar un mail a Elena, con lo que el sentimiento de culpa me atormenta toda la noche, me despierto constantemente y no consigo descansar.

No sabría decir si he dormido o no, pero he soñado.

Frente al espejo, con la cara lavada y más demacrada de lo habitual por la falta de sueño, repaso las imágenes que se han amontonado en mi cerebro durante la vigilia de esta noche y no sé decir si son reales o son un producto de mi imaginación. He soñado con una Elena feliz y estilizada, embutida en un traje de Superwoman y dotada de superpoderes. Surcaba los cielos con su capa roja, despreocupada y segura de si misma. Y me he soñado a mi misma pequeñita, indefensa y atemorizada, viéndola sobrevolar la ciudad intentando alcanzarla, sin éxito.

Mas tarde, en el mismo sueño, Superwoman se secaba las lágrimas con la capa que ya no era capaz de elevarla a los cielos, mientras yo, que seguía siendo pequeñita le acariciaba el pelo con mi minúscula mano.

Lo sé, es un sueño ridículo e infantil, pero tan real.

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Elena 28 de Julio (3)

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Me he despertado desorientada, no sé muy bien qué hora es, hay luz en la calle y absoluto silencio en casa. Me incorporo y noto un agudo dolor de cabeza, acostumbro los ojos a la claridad de la vigilia y busco el móvil en la mesilla. Compruebo la hora y el día. Son sólo las dos y media de esta mierda de lunes. Tenía la esperanza de haber dormido lo suficiente como para que ya fuese jueves pero no, sigo anclada en este dichoso lunes.

Los lunes las gemelas llegan a casa sobre las seis de sus clases de tenis. Respiro aliviada al recordarlo, no podría soportar un concierto de gritos y exigencias ahora mismo y además me deja tiempo de recomponerme, organizar la casa y comprar algo para la cena.

Salgo de la cama, abro las ventanas y un calor sofocante invade  la habitación. Entro en el baño y tropiezo con las zapatillas de Marcos. Eso desencadena una tormenta en mi interior con un punto de macabra satisfacción ya tengo un motivo para discutir con él, uno pequeño y absurdo pero un motivo al fin y al cabo. De hecho acabo de decidir que no voy a esperar a que vuelva a casa no vaya a ser que el enfado amaine…Vuelvo a la habitación cojo el móvil y marco el número de su oficina.

 

Es la segunda llamada que realizo hoy pidiendo auxilio, y sólo yo lo sé. Y es la segunda vez hoy que tengo que hablar con la secretaría de otro.

La secretaria de Marcos lleva con él  toda la vida, la heredó de su padre junto con el estudio de arquitectura. Se llama Amalia y el hecho de que esté a punto de jubilarse me causa cierta intranquilidad. Marcos ha comentado que van a contratar a una nueva asistente, parece ser que  ahora ya no se llaman secretarias. Su idea es buscar a una chica recién salida de la facultad, con conocimientos y unas no muy elevadas pretensiones económicas. Lo sé porque oí como se lo contaba a su padre el pasado domingo. A mí Marcos nunca me habla del trabajo, creo que en el fondo se siente culpable, él ha conseguido llegar donde quería mientras que yo tuve que abandonar mis sueños cuando llegaron las niñas. El caso, es que no sé si me gusta la idea de  que una joven asistente recién  pulule alrededor de mi marido.

Imaginarme a Marcos y la susodicha trabajando juntos hace que mi cabreo por el tropiezo con las zapatillas sea  aún mayor, así que cuando Amalia contesta al teléfono inevitablemente me muestro de los más desagradable.

Normalmente Amalia me pregunta por las niñas, me recuerda  lo graciosas que eran de pequeñas, me pregunta cuantos años tienen ya y después de un profundo suspiro me habla de lo preocupada que está por Marcos que cada día parece más cansado,  de lo mucho que fuma o la cantidad de tiempo que pasa en el estudio. Y siempre, siempre me llama Elenita.

Pero hoy no la he dejado hablar, cuando la he oído al otro lado del teléfono un cortante – Quiero hablar con Marcos.- ha salido de mi garganta con una voz que apenas he reconocido.

-Un momento por favor.- contesta Amalia intentando ser todo lo profesional que puede mientras  anoto en mi lista mental de disculpas una muy grande para ella. Esta semana cuando me encuentre mejor iré a verla y le llevaré esas pastas de té que tanto le gustan y nos tomaremos un café juntas mientras me cuenta como cada vez, cuánto ha cambiado Marcos desde que ella le conoce, y yo pondré cara de interés cuando yo mejor que nadie se lo que ha cambiado Marcos.

 

Recuerdo perfectamente el momento  en el que nos conocimos, recuerdo el jersey que llevaba él y recuerdo que en ese momento me arrepentí de haber elegido los pantalones de pana marrón aquella fría mañana. Sin embargo no recuerdo en qué momento exacto me enamoré de él y  lo que durante años entendí como algo romántico al pensar que eran cientos de pequeños detalles los que me habían hecho sentir aquello ahora entendía como una grave equivocación.

Yo nunca me enamoré de Marcos y justo cuando veo esa afirmación cruzar por delante de mis ojos como un brillante neón Marcos contesta al teléfono y me pregunta qué pasa.

Ya sólo le llamo si pasa algo. Pero esto no puedo contárselo. Él no tiene la culpa, soy yo la que me he equivocado y llevo fingiendo los últimos 14 años.

Le digo que no ocurre nada y ya no puedo hablar más porque vuelvo a llorar desconsoladamente.

Con un “nos vemos esta noche” ahogado entre lágrimas cuelgo el teléfono sabiendo que le he dejado preocupado y que cuando regrese a casa querrá hablar de ello.

 

Tengo los ojos enrojecidos y las mejillas ardiendo, y el calor que llega de la calle me está ahogando.

Me miro en el enorme  espejo de la habitación. Me empeñé en comprarlo después de verlo en una revista. Lo busqué durante semanas aun sabiendo que el precio sería excesivo, que no me hacía falta y que no pegaba para nada con el resto de muebles del dormitorio. Pero por alguna razón la compra  de aquel espejo se convirtió en mi batalla personal, busqué en internet, busqué en tiendas de decoración, hablé con la revista para pedir información y habría estado dispuesta a viajar al mismo infierno con tal de conseguirlo, y cuando lo hice, cuando estuvo colgado en la pared de la habitación, tal y como me había ocurrido en otras muchas ocasiones perdí todo el interés por él.

Ahora ese espejo delator de mi conducta  obsesiva me devuelve una imagen que empieza a horrorizarme pero que no me siento capaz de cambiar. Ni siquiera soy capaz de quitarme la ropa ante él. Me giro dándole la espalda a mi reflejo y a mí misma. Me desnudo y vuelvo al baño dispuesta a ducharme para poder empezar a cumplir con mis obligaciones y hacer la compra. Yo puedo hundirme, pero es lunes  y en casa los lunes pese a las protestas continuas de las niñas se cena pescado y no voy a cambiar esa sagrada norma por muy desgraciada que me sintiese.

 

Cuando vuelvo a la habitación mi móvil parpadea, ojala sea alguna de las chicas. Necesito distraerme. Pero no,  es Marcos, un mensaje  avisándome de que hoy llegará tarde. Siento una punzada en el pecho, sé que no tiene nada importante sé que evita venir a casa porque no quiere enfrentarse a su realidad pero yo lo prefiero no tenía ganas de tener esa conversación con él.

 

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Lourdes 28 de Julio (2)

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Mi momento de máximo placer cuando viajo no es ver las tiendas del aeropuerto, que me gusta he de confesar y a menudo es inevitable cuando tengo que esperar un vuelo con retraso o cuando miento y digo que mi vuelo sale antes para escapar de una reunión y acabo sola en el aeropuerto sin nada mejor que hacer, pero ver las tiendas no me proporciona ningún placer. Mi momento especial es cuando el avión despega.

Entramos en pista despacio, increíblemente despacio si piensas en la velocidad que pueden alcanzar los aviones. Y cuando menos te lo esperas !!Zas! comienza a acelerar y acelerar, tanto que la espalda se te queda pegada al respaldo del asiento y de repente , se eleva por arte de magia, si, por arte de magia porque por mucha física que haya estudiado no puedo entender como esos aviones tan grandes, con tanta gente dentro con sus maletas incluidas , pueden elevarse con esa fuerza… y justo en ese momento, en ese preciso y precioso instante en que dejamos de estar en contacto con el suelo, yo me pongo a llorar. Siempre, sin ningún tipo de pudor, lloro en los aviones.

Al final mi secretaria ha terminado mi presentación y la ha dejado monísima, con flechitas y simbolitos que yo nunca encuentro. Ese tipo de cosas que veo en otras presentaciones y que desde mi punto de vista son totalmente innecesarias y desvían la atención, pero todo el mundo las pone para presumir de sus conocimientos de PowerPoint, todos menos yo, claro, pero esta vez sí, voy con simbolitos y flechitas, gracias a mi “asistente personal” y gracias a la llamada de Elena a las 9:05, sin tiempo apenas para tomarme el segundo café de la mañana.

Estaba llorando, no ha sabido explicarme que le está pasando, solo que esta triste que necesita verme y hablar conmigo, que siente como su vida se desmorona sin remedio y que ya no sabe qué hacer, que necesita escapar de no sabe qué. ¿De qué puede querer escapar Elena?, me pregunto. Tiene un marido perfecto, que la adora y al que ella adora desde los quince años y del que no se ha separado desde entonces, unas hijas ya adolescentes que la permiten disfrutar de mucho tiempo libre, un trabajo a media jornada sin responsabilidades, tranquilo y que no necesita pero la entretiene. Elena y sus clases de yoga-Pilates o lo que sea que haga, sus cursos de cocina, de fotografía, de Zumba… son muchos cursos, quizá esté un poco perdida.

Tengo el portátil abierto en la mini mesa de mi asiento pero no veo la pantalla aun habiéndome secado las lágrimas del despegue. No veo la pantalla porque solo puedo ver a Elena llorando en su casa pensando que ha desperdiciado su vida y me veo a mi misma como una perfecta hija de puta que no he sabido ni calmarla ni ayudarla ni siquiera animarla.

No, no soy una persona a la que la genta recurra para contarle sus problemas, esa es Elena, yo ni quiero oír problemas ni se ayudar. ¿Por qué me habrá llamado a mí? Si hubiese sido otra sin duda la habría dicho que llamase a Elena, bueno no hubiese hecho falta, directamente se recurre a Elena como tabla de salvación, siempre escucha, siempre tiene algún buen consejo y esa sonrisa suya con hoyuelos incluidos pese al paso de los años.

-Señora, ¿café, infusión, alguna bebida fría?- me sonríe la azafata.

Si acepto algo de beber, tengo que cerrar el portátil, no cabe todo en la mini mesa. Pienso un segundo, no estoy haciendo nada con el ordenador abierto y con una agilidad sorprendente hasta para mí misma, cierro el ordenador lo meto en su fundita y lo guardo al lado de mis pies.

-Un café por favor- digo sonriendo aun más que la azafata. He decidido pensar, no trabajar.

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Elena, 28 de Julio (2)

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Sin darme cuenta he dejado de llorar y trato de entender la letra de la canción  de la centralita. Resulta frustrante.  No entiendo lo que dicen. Estoy anotando mentalmente en  mi lista  “apuntarme a clases de inglés” cuando la voz de Lourdes por fin suena al otro lado.

Me pregunta si estoy bien, su secretaría de la dicho que “una tal Elena” esperaba muy alterada al teléfono.

¡Su secretaria!!.  Y con que naturalidad lo dice. Siempre ha sido así, sabe como quitarle importancia  a las cosas, como hacer ver que no es raro que consiga todo lo que tiene porque ella se lo merece. Ella se merece una gran carrera con secretaria incluida ¿y yo?, acaso yo no me merezco algo más que un trabajo a media jornada en el que piensan que mi única motivación para aceptarlo fue poder salir de casa cuatro horas todos los días. Un trabajo en el que todo lo mínimamente emocionante , como la vez que pillaron al de reprografía con la becaria magreándose en el lavabo, ocurre en las 4 horas que no estoy allí…

La voz de Lourdes interrumpe mis pensamientos.

Me dice que anda mal de tiempo.

Mal comienzo, lo mio no va a resolverse con prisas.

Yo necesito tiempo, necesito hablar con ella en persona. Llevo días sin dormir, alimentándome de café y quicos y ya no puedo más. Necesito que todo cambie, necesito sentirme bien, sentirme viva como antes, como antes de las niñas, como antes de Marcos. La sola idea de pasar el mes de agosto encerrada en esta mentira y un piso de 50 metros en Estepona con los tres hace que palidezca, sufra sudores fríos y mi corazón alcance una velocidad que excede todos los límites recomendados.

Me he lanzado y no puedo parar pero Lourdes, la ocupada Lourdes corta por lo sano.

Me dice que tendré que esperar al viernes, si es que puede ir el viernes.

Yo le imploro que no me haga esto. No puedo esperar.Le suplico y noto como las lagrimas se amontonan de nuevo en mi garganta buscando un hueco para salir y provocando un horrible dolor.

Y ella, con su acostumbrada calma, con su estudiada distancia me dice que si no puedo esperar llame a otra. Ella está muy ocupada tienen una reunión en Londres y nada preparado.

Esa es su respuesta y se que no le ha costado nada dármela. Enfurezco y le contesto haciendo un gran esfuerzo por no derrumbarme.

– Que te lo prepare tu secretaria,.- y cuelgo el teléfono.

Pero qué me pasa, esta contestación no es propia de mí la dulce y complaciente Elena. Quizás debería pedirle disculpas, o…quizas no. No. definitivamente no. Que le den. Que le den a su viaje a Londres, a su secretaria y a sus zapatos de tacón.

Siempre ha sido igual, desde el instituto, Doña ocupada, la más especial, la más apropiada, la más…. Cómo me gustaría estar en su lugar y coger ese avión a Londres y tener conversaciones interesantes con gente interesante, darme un baño caliente sin constantes interrupciones, pasear los Leicester Square, tomar una pinta en el Red Lion y bailar en el Astoria.

Pero no, mi plan para hoy es llamar a la oficina y fingir la quinta lumbalgia del mes.

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Lourdes 28 de Julio

Son las 8:45 de la mañana, camino hacia mi trabajo y aun no estoy despierta del todo, me falta un café pero ya sé que hoy no llego. Tengo un vuelo a las 14:00 y todo a medias, como siempre. Llego tarde a la oficina, me comprometí a llevar a los niños al campamento de verano, no puedo resistirme a sus caritas implorantes: “Mami llévanos tu”, vamos a estar dos días sin verte”.
El sentimiento de culpa me acompaña en cada viaje, desde que confirmo el vuelo hasta que vuelvo a casa y me reciben con un “Mami, que nos has traído”. No, no termino de acostumbrarme a dejarlos en casa sin mí.

Antes era diferente, cada viaje una aventura , un nuevo reto que superar, un peldaño más en mi escalada,  una nueva ilusión … Ahora la aventura es quien recogerá a los niños en mi ausencia, la duda de si estarán bien , de si algún día llegaré a tiempo a recogerles.

No soy buena madre, lo intento, pongo todo mi empeño pero el saco de paciencia que venía con cada uno de mis hijos se agota a los quince minutos. Esta mañana me he olvidado el almuerzo para el recreo, no he encontrado las gafas de bucear de Marta para la piscina, ni he conseguido hacerle una coleta en condiciones y casi pierdo los papeles cuando ya en la puerta, cargada como una bestia con sus bolsas y mi maleta, Alonso recuerda que ha olvidado meter los cromos de futbol, los hemos buscado durante 10 interminables minutos, estaban en la mochila, los metió papá, el si se acuerda de este tipo de cosas, nunca se le olvidaría el almuerzo y hace unas trenzas de raíz a Marta perfectas. Creo que no podría hacer esto todos los días como todas las madres.

8:55 por fin he llego a mi despacho con la sensación de haber hecho media maratón, sudada, despeinada con la maleta arrastras y sintiéndome la peor madre del universo por tener que viajar de nuevo… y allí esta ella, la encargada de recordarme que soy la Señora Ferrer y que para nada soy perfecta, que es verdad que estoy sudada, despeinada y probablemente soy una mala madre, pero ella no lo sabe. Ella con su pelo amarillo, perfectamente planchado y peinado, su cara de porcelana, sus uñas con manicura francesa y esas tetas desafiando todas las leyes, las de la gravedad y alguna otra. Son operadas seguro.
¿Cómo hará para estar siempre tan perfecta, llegar antes que yo y encima sonreír todo el rato?, que estupidez, tiene 10 años menos que yo, soltera, no tiene hijos, tiene todo el tiempo del mundo para pintarse las uñas y plancharse el pelo, cero responsabilidad. Consigue irritarme.

Definitivamente hoy va a ser un día horrible, apenas he dormido, creo que mi atuendo no es el apropiado, mi falda es demasiado corta y mis zapatos demasiado altos para un viaje a Londres, reunión y cena con una veintena de tipos a los que no me une nada, con los que no me apetece hablar siempre de los mismo y que por más que intenten que no se note, hacen que me sienta diferente por ser mujer. Siempre observada, siempre midiendo los largos de mi falda, femenina pero correcta, intentando aparentar más profesionalidad que ellos y siempre deseando escapar para que ellos puedan hablar de sus cosas de “tíos”.

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Elena, 28 de Julio

Otra noche sin dormir y ya no puedo más.

Miro el techo de mi habitación y de pronto me parece más pequeña que nunca.Le miro a él, ¡joder como ronca!, Yo juraría que antes no roncaba así. A veces me asusta porque pienso que en una de esas abruptas inhalaciones no va a ser capaz de recuperar el ritmo respiratorio y va a morir a mi lado con ese horrible pijama de cuadros.

Tal vez debería despertarle, aprovechar que las niñas duermen. Últimamente el gasto más absurdo que hago es en anticonceptivos, pero… no me apetece, no me apetece esforzarme, sentir su peso encima mío, su aliento aun sin refrescar. No, no me apetece.

Ya son las 8:00. Necesito hablar con alguien, hablar de lo que me está ocurriendo,¿pero con quien?. Pienso en Lourdes, creo que podrá entenderme.

A las 9 la llamo, ya estará en la oficina y la primera hora es la mejor opción, luego resulta casi imposible dar con ella.

Elenita y Amaya ya se han levantado, las oigo pelear por quién entrará primero al baño, por ver quién se pondrá qué ropa para ir a clase o por cualquier otra gilipollez de adolescentes. No las soporto cuando se ponen gritonas, y ese vocabulario, de donde coño lo habrán sacado.

Quien fuera ellas, esos cuerpos sin estrías, esos cerebros vacíos, esa vida sin obligaciones y ese futuro por hacer, por hacer.

Anoche llegaron tarde y bastante contentas. Las cazadoras vaqueras que dejaron tiradas en la entrada apestan a tabaco. No sé cómo frenarlas. Hace solo unos meses eran mis pequeñas y ahora son dos brujas histéricas a las que parece hacerles feliz verme perder el control.

Recuerdo cuando llegaron, tan chiquititas, tan dulces, tan llenas de vida, tan inoportunas. Pero destinas a hacerme una mujer feliz.

Marcos me grita desde el dormitorio. -Elena, ¿dónde están mis zapatos marrones?.

– Mira en la nevera cariño, tal vez allí los encuentres-. Le contesto con esa voz de perfecta ama de casa que he adoptado con el paso de los años.

-Elenita, no estoy para coñas. Hoy no-. Me grita de nuevo.

– Ni hoy ni nunca-. Me digo a mi misma, – y no me llames Elenita coño.

Dejo de nuevo las cazadoras de las niñas en el suelo de la entrada, y con cierto aire de resignación me dirijo a nuestro precioso dormitorio de estilo inglés abro el zapatero y sorpresa….los zapatos.

Marcos pone su cara de conquistador. La misma que puso aquella noche en el viaje de fin de carrera para convencerme de no usar nada, exacta a la que tenía cuando me aseguró que se saldría a tiempo y calcada a la que puso cuando fuimos a contarles a nuestros padres que no había tenido tan buenos reflejos como esperaba. Me da una palmada en el culo.- ¿Qué haría yo sin ti?-.

Y esa pregunta resuena en mi cabeza ¿Qué haría yo sin él? Y de pronto veo un lienzo en blanco, todo un abanico de posibilidades cruza por mi cabeza. Entro en la habitación de las niñas cojo papel y bolígrafo me encierro en el baño y comienzo a elaborar una lista detallada de todo lo que haría sin él. Cuando voy por el número siete” tirarme al socorrista de la urbanización “apenas veo el papel, y dos goterones caen de mis ojos para borrar la número cinco “apuntarme a clases de cerámica” me seco las lagrimas con la manga de la camiseta y trato de contener este llanto absurdo con hipo incluido.

Saco el móvil del bolsillo, menos mal ya son las 9.

Un tono, dos tonos, tres tonos, y veo mi imagen en el espejo del baño. El pelo enmarañado, las cejas sin depilar y un espantoso pijama. Soy la antítesis de la femineidad.

– Buenos días, despacho de Lourdes Ferrer en que puedo ayudarle.

Por un momento pienso que me he equivocado de número, pero no, estoy segura de haber llamado a su móvil personal.

– Buenos días..- esta a punto de repetir esa extraña voz cuando tratando de disimular el llanto acierto a contestar.

– Buenos días, podría hablar con Lourdes por favor-. Por un momento temo que me responda un tajante no y cuelgue el teléfono.

– ¿Quien le llama?.- pregunta con un aburrido tono monocorde

– Elena.- Dios no me sentía así desde aquellos años en que no disponíamos de teléfonos móviles y para hablar con los amigos había que pasar por el trance de llamar a su casa y que fuesen sus padres quienes contestasen.

– ¿Elena….?.- supongo que espera que le de más información pero yo no quiero darle más información a esa aburrida voz, yo quiero a mi Lourdes, quiero dejar de contener las lagrimas y el hipo y quiero poder desahogarme de una puñetera vez con mi amiga.

– Sólo Elena, Gracias. Se trata de algo personal y urgente.- Ahora la tajante soy yo.

– Un momento por favor, no cuelgue-. Y allí me quedo escuchando la melodía de una canción que no soy capaz de identificar pero que sirve a la perfección de banda sonora a mi desgracia.

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